Breve Historia de la Ciudad de Torrelavega

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La primera mención documental de la aldea de La Vega aparece a finales del siglo XVIII, entonces formada por un pequeño grupo de vecinos. Aunque es una creencia bastante generalizada que la casa de los Garcilaso de la Vega fundaron la villa de Torrelavega, conviene desmentir tal afirmación, si bien es innegable que éstos contribuyeron a la formación del nombre del pueblo, aunque de manera un tanto accidental.

Los Garcilasos proceden de las tierras cántabras y descienden de don Pedro Gómez de la Vega, que abandonando el solar de su nacimiento, tuvo un especial protagonismo en acontecimientos de la Reconquista. Un descendiente de éste fue aquél valiente paladín que a la terminación de una batalla se presentó al Rey, tan maltratado y rendido de pelar, jadeante y sin aliento, que el monarca le dijo; “lasso vienes, lasso seas”, quedando, desde entonces, el Lasso como apellido para sustituir al patronímico, con lo cual su hijo, don García, se llamó ya don García Lasso y añadiendo el apellido el nombre del punto donde radicaba el solar de sus mayores, quedó como un solo apellido para sus sucesores, el García Lasso de la Vega, que más tarde se constituiría como Garcilaso de la Vega. Por tanto, Torrelavega no debió a esta familia su nombre, sino que, por el contrario, La Vega sirvió para la formación del apellido de la ilustre familia de los Garcilasos.

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Está probado que en la zona de La Vega, doña Leonor, perteneciente a los Garcilasos, mandó construir una torre, comenzándose entonces a llamarse el sitio donde hoy se asienta esta ciudad la Torre de la Vega, llegando su nombre a ser desde el siglo XVIII, el actual de Torrelavega. Un nombre, pues, que evoca la torre que un día existió en el lugar.

Las investigaciones realizadas sostienen que en la época medieval, La Vega, estuvo habitada por labradores y campesinos. En la “torre” edificada en el siglo XIV, se centralizó la administración de todo el señorío. Con el paso del tiempo, Torrelavega fue adquiriendo un protagonismo más destacado a medida que se abrían las vías de comunicación. Entre 1748 y 1753 se abre el “Camino marinero” de Reinosa; en 1852 se establecen las líneas de ferrocarril Santander-Alar del Rey y en 1900 en ferrocarril del Cantábrico.

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Las estaciones de Sierrapando (Renfe, abierta en 1858) y la de Feve (1895) en el mismo corazón de la ciudad, representan una antigua huella gráfica de las vías por las que miles de personas llegaban a Torrelavega.

Importante fue, igualmente, la incipiente aparición en la segunda mitad del siglo XVIII de algunas pequeñas industrias: fábricas de harinas y de curtidos con la consiguiente apertura de establecimiento de telas, comestibles, tabernas, fábricas de chocolates y la explotación de las minas de Reocín a partir de 1853, etcétera. Esas industrias permitirán un crecimiento y desarrollo urbanístico de la villa, que paso a paso irá transformando su estructura física. Será a partir de 1850 cuando el espacio urbano de la villa adquiere una morfología específica, época de la que procede el primer plano urbano de Torrelavega que vive otro empujón de progreso al convertirse en un “cruce de caminos”.

Otro momento histórico en la vida de Torrelavega es la celebración de las famosas ferias ganaderas, cuando transcurría la mitad del siglo XIX, convirtiéndose poco a poco en el centro ganadero más importante de Cantabria y, con los años, del país. El lugar de La Llama y, a partir de 1973, en el Mercado Nacional de ganados cerrado, se han celebrado miles de ferias acudiendo a las mismas no solo los ganaderos de la comunidad cántabra sino de otros territorios vecinas.

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El crecimiento demográfico de la villa, un comercio pujante que atraía a miles de personas de otros lugares en días de mercado, la instalación de pequeñas industrias y sus perspectivas de futuro, alumbraron el 29 de enero de 1895 una Real Orden que concedió a la entonces villa el título de Ciudad, que firmado por el ministro de la Gobernación y sancionada por la Reina Regente, doña María Cristina, dice su texto: “Queriendo dar prueba de Mi Real aprecio a la villa de Torrelavega, provincia de Santander, por el AUMENTO DE SU POBLACIÓN Y PROGRESO DE SU INDUSTRIA, En nombre de Mi Augusto Hijo el Rey D. Alfonso XIII y como REINA Regente del Reino, Vengo en conceder a la expresada villa el TÍTULO DE CIUDAD.

Torrelavega inició el siglo con una población que no llegaba a los ocho mil habitantes, la mitad de los cuales residían en el casco urbano de la ciudad y el reto en los distintos pueblos. Fue un siglo que comenzó con un gran acontecimiento como fue la instalación en el pueblo de Barreda de la empresa multinacional Solvay, además de otras empresas de sectores industriales como los del la leche y derivados, industria jabonera y la azucarera y empresas que van a tener un papel importante como Talleres Obregón o, la fundación del Banco de Torrelavega, que con otras iniciativas y acciones positivas impulsaron la fundación y el desarrollo de la Cámara de Comercio e Industria de la ciudad.

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Fue, además, el inicio de ese hecho social decisivo en el progreso de la ciudad y la comarca, como es el protagonismo del obrero mixto, quién al jornal de la fábrica, del taller o del comercio, sumaba el rendimiento que obtenía con sus trabajos en el campo.

En estos inicios del siglo XX Torrelavega se configura como una ciudad fundamentalmente comercial, siendo un centro de atracción de toda la comarca. Al tiempo –y en las primeras décadas del pasado siglo- la ciudad va consolidando su trama urbana, con la construcción de manzanas de viviendas bien definidas, apareciendo los edificios de carácter urbano. En consecuencia, estamos a partir de los años veinte ante un crecimiento sostenido de la población municipal. Torrelavega comienza a tomar aires de ciudad.

Tras la instalación en los comienzos de los años treinta de la que posteriormente será “La General” y después de la guerra civil, superadas las necesidades de los duros años cuarenta, Torrelavega va a conocer la llegada de numerosa mano de obra de otros puntos de Cantabria y de España; familias que van a precisar de viviendas, lo que promoverá la construcción de diversos barrios como La Inmobiliaria, Nueva Ciudad o el Barrio Covadonga.

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Este incremento de población promoverá un periodo de crecimiento urbanístico, que facilita que se construyen equipamientos, avenidas y plazas, así como el impulso de numerosas manifestaciones culturales, muchas de las cuales gracias a la iniciativa de grupos unidos en unas mismas inquietudes de progreso cultural.

Torrelavega en los años sesenta fue un pujante centro industrial, conocida popularmente como la “ciudad del dólar”. Las grandes empresas –Sniace, Solvay, Asturiana de Zinc o La General- ocupaban a miles de trabajadores –todas por encima de los dos mil trabajadores, llegando Sniace a los 3.600 operarios en la mitad de la década-, lo que propiciaba, además, un auge comercial trascendente.

Este modelo industrial entró en crisis en los finales de los años setenta, etapa en la que la totalidad de las empresas comenzaron a perder empleo con procesos de fuertes ajustes de plantilla o desaparición de algunas industrias con larga tradición, que generaron fuertes conflictos laborales.

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La empresa más antigua de todas las fuertes de la ciudad, la Asturiana de Zinc, cierra sus instalaciones en este año 2003. En general, se ha producido una fuerte transformación del tejido industrial torrelaveguense.

Al tiempo que esto se ha venido concretando, Torrelavega ha conocido un fuerte dinamismo cultural y artístico en estos años, en los que Torrelavega busca su nueva definición como segunda ciudad de Cantabria.