“Pactos de familia” a la francesa
e intereses cántabros en Europa

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Preguntamos a nuestros gobernantes qué es eso de hablar ante el mundo y Europa “con la misma voz” que Francia cuando intereses cántabros, sobre todo lácteos y pesqueros, han sido y serán siempre atracados y ninguneados por los franceses.

La ley del péndulo ha venido siendo una constancia en la historia de España en los últimos siglos. Pasamos de un extremo a otro con bastante reiteración, como si no encontrásemos un eje y pautas propias, distanciados de esos extremos que marcan algunas de nuestras políticas. Después de cuatro años de amistad y sumisión a las políticas norteamericanas del señor Bush –el más belicoso como inculto de los últimos presidentes americanos- que nos impuso el señor Aznar desde una mayoría absoluta pésimamente administrada, pasamos al otro extremo, que ha definido el señor Moratinos, nuevo ministro de Exteriores, de que España y Francia tendrán “la misma voz” en Europa y en el mundo. Consecuentemente nuestro Gobierno se dispone a reeditar los conocidos “Pactos de Familia” de hace dos siglos y medio que los primeros Borbones acordaron con los reyes franceses para contrarrestar el poderío del Reino Unido en Europa y América.

Tan absurda e improcedente fue la política pro-Bush del señor Aznar –guerra incluida, por supuesto- como la que ahora quiere impulsar la nueva diplomacia española. Cambiar cada cuatro años de aliados que no son precisamente parte de nuestra familia histórica, representa una debilidad de la imagen de España en el mundo que nos parece ciertamente preocupante. Esto de los amigos, casi primos-hermanos, lo ha tenido muy claro el Reino Unido que a pesar de formar parte de las instituciones europeas, están más con el aliado atlántico que con los países de su mismo continente. Europa no tiene nada que hacer con los británicos que, fieles desde decenas de años a un modelo de alianza internacional, todos los días traicionan a los europeos cuantas veces precisen expresar su amor y respeto a su antigua colonia. Da igual que la política exterior esté en manos de conservadores que laboristas. La olvidada dama de hierro y el actual premier británico, tan lejanos en sus programas, son lo mismo en política exterior.

Aquí, en España, no es así. Por cuatro malditas bases americanas para defendernos del diablo rojo y unas cuantas migajas de indemnización, Franco quiso estar seguro con el amigo americano, consciente de que no hacía ascos de dictaduras y dictadores. Llegó la democracia y Suárez hizo una política exterior de apertura más independiente que el resto de los gobiernos que ha tenido España desde entonces. Visitó Cuba e invitó a Arafat; por cierto, el nuevo ministro de Exteriores tras su reunión con Colin Powell no ha dicho al día de hoy que ha expresado su rechazo –que responde a la opinión de inmensa mayoría de españoles- a ese aliento americano que permite de todo a Israel en su planificada masacre del pueblo palestino. Tan lamentable como que en un cuarto de siglo de gobiernos democráticos, al Rey no se le haya dado el placet o la indicación de que visite Cuba, la más querida de nuestras antiguas posesiones; el pueblo que entre todos del mundo (y algunos de España) más quiere a su Madre Patria. Y todo, como es sabido, por un barbudo viejo y caduco, cuando las relaciones de amistad tienen que ser entre los pueblos, no entre los políticos de turno.

Recogiendo, de nuevo, el hilo de este artículo, hay que decir que España y Francia no pueden tener “la misma voz” en Europa y en el mundo. Intentarlo es el mayor de los absurdos de una política exterior que aspire a ser auténticamente española. Somos rivales serios de los franceses en muchas cosas y, al tiempo, tenemos intereses comunes; por tanto, Francia va a tirar para su casa, como viene haciendo perjudicando intereses españoles sin rubor alguno. A Giscard d´Estaing que fue un desastre de presidente para los intereses españoles –tanto en seguridad como en los asuntos económicos- se le ha dado el poder de redactar la Constitución Europea y le ha faltado tiempo para rebajar el peso español en la Unión Europea. Lo mismo nos ha pasado en la reciente negociación en la que los intereses nacionales no solo han quedado diezmados, sino que han sido absolutamente ninguneados por los franceses.

Como en Cantabria carecemos de oposición a la que sus dirigentes han dejado huérfana, menospreciando el voto de los cántabros y el mandato que les asignaron para trabajar en esa labor tan legítima como necesaria en ese lugar natural y democrático que es el Parlamento, hay que preguntarle a nuestros gobernantes –el señor Revilla, que es la cabeza del Ejecutivo- que piensa de que a partir de ahora hablemos “con la misma voz” que los franceses en los temas lácteos y pesqueros o, en la distribución de ayudas comunitarias, tan presente en nuestras conciencias el atraco del Objetivo 1 cuantificado en casi cien mil millones de las antiguas pesetas. Que nadie dude que el peso del poder francés se percibirá en toda negociación en la que haya algo propio que defender, y que no les temblará el pulso en mandar a pedir –si el guión de una negociación a favor de lo suyo así lo exige- a nuestros ganaderos y pescadores, como han hecho en el pasado y ahí están presentes y frescos los injustos acuerdos de Arcachón para la pesca cántabra.

Mirando a la historia y al significado de aquél Pacto de Familia que ratificaron los monarcas Felipe V y Carlos III, surgió medio siglo después la opresión francesa que tuvo su culminación con el pobre y nefasto rey Carlos IV, que fue un mequetrefe de Napoleón y permitió la invasión de España, que solo el arrojo y el valor del pueblo durante ocho años de dura y sacrificada guerra consiguió expulsar a los mamelucos. Se empobreció entonces a España, y cuando en otros momentos trascendentes de la vida nacional más los necesitamos como vecinos, nos dieron la espalda imponiéndonos esta frontera natural de los Pirineos que tanto nos alejó de Europa.

No están en París nuestros más sinceros aliados. Tenemos, sí, que mantener relaciones fluidas y, si es posible, devolverles el ninguneo, pero manteniendo la distancia. Ser aliados de norteamericanos y franceses no quiere decir que tengamos que bailar al son que toquen, unos con la servidumbre de Aznar y otros con Zapatero. Es necesario proyectar una política exterior propia y autónoma, buscando alianzas en otras capitales europeas para defendernos de la opresión franco-alemana a la que nos quieren someter en las instituciones europeas. Tenemos que hablar y negociar con Washington y París, pero no seamos súbditos de franceses y americanos. Bastante error han sido cuatro años de sometimiento a la sinrazón americana en Irak para que ahora reeditemos un pacto de familia con nuestros vecinos que solo serviría para hacer más fuerte la “grandeur” de La France.


ALERTA - 24 de abril de 2004