España herida, España solidaria

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No nos amenaza una gran guerra, pero no estamos en paz. Asistimos a una enorme tragedia, una apocalipsis vista en la televisión. Como valor cultural, político, moral, íntimo, tenemos que expresar una profunda condena al terrorismo. Sin matices. Lo de menos son las siglas o si aparecen con boina o con turbante.

Hoy no hay que elegir el tema. Terroristas del capuchón o del turbante, del hacha y la serpiente o iluminados del Islam, nos han escrito una de las páginas más dolorosas vividas por España en el último siglo, dejando a un lado la guerra civil o, las batallas absurdas de defensa de los últimos bastiones de nuestro colonialismo en tierras –que no merecían nuestra sangre- del Rif. España está herida de dolor. España, sin embargo, está sana de solidaridad en la que han sido ejemplares los madrileños, esa ciudadanía que representa un gran mosaico español y universal de procedencias, cultura y razas, en cuyo espejo cívico nos miramos en estas horas. Tenemos a Madrid como una referencia, en ocasiones, de incomprensión y de algo de nuestros males pasados y presentes, reflejo de la grandeza y miseria de varios siglos de ejercer como capital de España. Se ha apuntado a Madrid, muchas veces, injustamante. Madrid es, en estas horas, una parte entrañable de nosotros mismos. Jamás se nos debe olvidar su lección abnegada en defensa y recuerdo de tantas víctimas inocentes.

La sociedad española no puede dividirse entre quienes esperan que se confirme que la autoría es de ETA o, los que quieren que se atribuya a los también terroristas del turbante de Al Queda. En estos momentos, con los cuerpos de las víctimas entre nosotros que reflejan el horror de un genocidio, la única respuesta es que ha sido el terrorismo. Sean los que sean, que lo vamos a saber, son los enemigos de la civilización del siglo XXI.

No nos amenaza una gran guerra, pero no estamos en paz. Asistimos a una enorme tragedia, una apocalipsis vista en la televisión. Como valor cultural, político, moral, íntimo, tenemos que expresar una profunda condena al terrorismo. Sin matices. Lo de menos son las siglas o si aparecen con boina o con turbante. La globalización tiene lados oscuros y el terrorismo no iba a ser menos. Ciertas formas de criminalidad (terrorismo, crimen organizado, comercio de armas, tráfico de personas) forman parte de ese lado oscuro de la globalización, que incrementa el número de víctimas inocentes en el mundo.

Hay imágenes que van a quedar grabadas para siempre en nuestras retinas; la de los trenes que aparecían destrozados como si se tratara de un bombardeo; los cuerpos de algunas víctimas destrozados; los heridos pidiendo auxilio; los bomberos, la policía, las mujeres y hombres de protección civil, médicos y enfermeras, los voluntarios, el pueblo de Madrid, ofreciendo esa imagen abnegada de la solidaridad. Fueron estas últimas las imágenes de esa España solidaria y sana que tiene futuro.

Hemos visto con toda crudeza la máxima perversión del terrorismo. Ya no reaccionaremos impasibles cuando el televisor nos ofrezca imágenes, desde otros continentes, sobre tragedias parecidas. Lo visto supera toda maldad. Una cosa es enfrentarse en el campo de batalla, matar y ser muerto. Eso tiene dignidad y nobleza. Pero atacar el transporte colectivo de una ciudad, donde la gente inerme acudía al trabajo y a la escuela, transcurriendo su día con la normalidad habitual, es tremendo. No encontramos palabras suficientes para la condena. Lo de Madrid es un crimen contra la humanidad. No es posible debates laterales. El terrorismo es hoy enemigo del mundo civilizado.

Estamos todos horrorizados. Condenamos enfáticamente los atentados terroristas y la violencia. Nos solidarizamos con las víctimas, con sus familias, con el pueblo de Madrid, con el Gobierno democrático. Esperamos que esta cohesionada España –hoy lo es más que anteayer- que ha generado el dolor inmenso de todos, agrupe y canalice todas sus energías, y no las perdamos con nuevas y diversas interpretaciones sobre el terrorismo. Que el Gobierno que mañana salga de las urnas –votando como pensábamos como desprecio a los asesinos- sea capaz de aprovechar esta cohesión que hoy percibimos. Mañana -seguro- no será, no debe ser en cuanto al terrorismo, como el día antes del atroz atentado.

En estas horas de enterrar a los muertos y tras las imponentes manifestaciones de anoche en toda España, evocamos el recuerdo de quienes brutalmente han perdido todo, la vida, gentes como nosotros, con sueños e ilusiones, con proyectos y ambiciones, con familias, hijos, esposos y esposas. Queremos justicia, necesitamos justicia. Con esta unánime exigencia, dejémonos llevar silenciosamente por las marchas fúnebres de Beethoven, Hall y Chopin –la más famosa de todas y también la más conmovedora- con el final redentor de una oración. Que se deje oir el tañido de las campanas.


ALERTA - 13 de marzo de 2003