Iraq: la nueva humillación colonial

Quienes visitan Bagdad diagnostican que la violencia anárquica ha arraigado en la sociedad iraquí como no lo había hecho bajo la dictadura genocida de Sadam.

Preguntamos qué liberación es la que ha mandado al paro y a la miseria a casi todo un país en el que toda su estructura industrial y productiva ha sido aniquilada.

      Hace catorce años viajé por primera vez a Iraq y a su capital Bagdad con salidas a Kerbala, Najat y otras ciudades importantes del centro del país. A partir de una estancia posterior –tan solo unos meses antes de la alocada e irracional invasión de Kuwait- nada de lo que ha venido aconteciendo en Iraq me ha resultado ajeno, pensando en su pueblo, la grandeza histórica de esa tierra de Abraham y los primeros brotes de la fe cristiana; de los bíblicos ríos Tigris y Eufrates, cuyas caudalosas aguas observé con emoción evocadora de lecturas infantiles de la Historia Sagrada de mi primera escuela desde el hotel Al Mansur, que entonces dirigía el cántabro don Luis Fernández Salas, que con sus más de mil empleados de nada menos treinta nacionalidades era una especie de “torre de babel”. Recuerdo que sus amplísimos espacios para el ocio estaban rodeados de baterías antiaéreas -eran los tiempos previos a la paz con el vecino Irán- al encontrarse en un área estratégica –la del barrio de Salhiya- en la que se ubicaban el Ministerio de Información, la televisión nacional y alguno de los palacios presidenciales.

Han pasado muchas cosas desde entonces y lo que hoy es una realidad incontestable es que el Iraq liberado del sápatra Sadam Husein no funciona: no hay policías, ni jueces, ni comisarías donde ir a denunciar los robos y atropellos; los ministerios están cerrados como los registros oficiales y otros servicios públicos Por no haber no hay leyes y todo se basa en la supervivencia de cada cual en una sociedad desarticulada, que justifica afirmar que el pueblo iraquí está viviendo una tragedia de proporciones épicas. La prometida vuelta a la normalidad de Iraq no se está cumpliendo y cada día se abre más la animadversión de los iraquíes hacia los ocupantes. ¿Que liberación se quiere vender a través de la propaganda de los aliados en esta temeraria aventura que ha mandado al paro y a la miseria a casi todo un país en el que todo su sector industrial y productivo ha quedado aniquilado?.

Dos escritores con fama como Mario Vargas Llosa, en El País, y el columnista Robert Fisk, en The Independent, están escribiendo lo que vieron y vivieron en la capital iraquí y que el gran público occidental desconoce, reflejando en sus crónicas el gran caos al que se ha sumido a Iraq por la prepotencia, el engaño y las mentiras de los ideólogos del Pentágono americano y de sus superiores los gobernantes Bush y Blair, que impulsaron una guerra inmoral en busca de armas llamadas de destrucción masiva, hasta ahora no encontradas. Por cierto, como ejemplo de armas de destruccion masiva la bomba atómica que lanzaron los americanos en Hirosima y Nagasaki -esta semana se ha conmemorado el cincuenta y ocho aniversario- con un saldo no cerrado de cientos de miles de muertos civiles.

Hoy, en Iraq, no se desarrolla una acción decidida a llenar el vacío dejado por la caída del dictador Sadam. La ocupación es cada día más evidente, como las protestas de los iraquíes –incluso de los históricos enemigos del partido socialista árabe Baas- que observan día a día que aquellas promesas de un futuro mejor después del dictador no han sido más que propaganda, sobre todo cuando hoy viven peor y con más inseguridad. Nada funciona con normalidad en Iraq salvo las mezquitas ya que frente al laicismo del régimen baasista se afianza una fuerte presencia religiosa fundamentalista. Esta situación de grave anormalidad la narra el columnista de The Independent cuando recuerda que los iraquíes protestan en las calles y a mayor incremento de las movilizaciones populares -reclamando salarios no pagados o, que el país funcione con los servicios mínimos como agua y electricidad- mayor es la represión con nuevos muertos y detenidos.

Igualmente cada denuncia en la prensa naciente, especialmente en el Iraq Today, provoca el asalto de las fuerzas norteamericanas a los periódicos que consideran hostiles, estrategia que se amplía desde el Pentágono a la cadena de televisión Al Jezira, a la que se acusa de incitar a la violencia. Es tal el abismo que comienza a separar a ocupantes de ocupados que los primeros han impuesto que la fecha del 9 de abril -la de la victoria americana en la invasión- se declare fiesta oficial o, que el Consejo interino impuesto sea objeto de bromas por su primera decisión de adquirir coches para todos sus miembros en un contexto de caos general.

Los observadores imparciales que visitan Bagdad han diagnosticado que la violencia anárquica ha arraigado en la sociedad iraquí como no lo había hecho bajo la dictadura genocida de Sadam –que debiera ser detenido para ser juzgado- hasta el punto que el odio de la mayoría de los iraquíes hacia el sátrapa huído se esta convirtiendo en el odio al americano. Apenas pasa un día en que no se encuentren pruebas de asesinatos, detenciones y desapariciones, que la prensa no alcanza a dar con todos los detalles, labores informativas que impiden las fuerzas de ocupación No hay día que las autoridades americanas acusen a la prensa de informaciones irresponsables, sobre todo cuando están por medio víctimas que no se pueden justificar, asistiendo al cinismo de altos militares como el teniente general Sánchez que al mejor estilo de humor negro proclama lo grandioso que significa que los iraquíes puedan manfestarse libremente y, sin embargo, minimice que cada protesta popular se salde con muertos y detenciones que debiera investigar la Cruz Roja internacional.

Americanos e ingleses están obstinados en imponer su excluyente y arbitraria visión de la paz y la democracia a Iraq y a los iraquíes. No son conscientes de que la tolerancia democrática reinó en ese país desde muy antiguo y para ello podrían preguntar -superando su reconocida ignorancia sobre otras civilizaciones- por el monumento a Hammurabi, que se encuentra en la calle de Haifa y por el obelisco de la plaza de Qahtan, que evocan el recuerdo del rey babilonio (1792-1750 a.de J.C.), que además de fundar el extenso imperio mesopotámico dictó las leyes de equidad y justicia que organizaron la vida de su pueblo y pronto se convirtió en un modelo para la legislación en muchas partes del mundo.

Evoco, finalmente, algunos recuerdos del hotel Palestina en el que me alojé en mi segundo viaje a Bagdad, ubicado en el barrio de Sa´doum frente a la gran mezquita de Ramadhám, en el que fue asesinado alevósamente el cámara de “Tele 5”, José Couso. Allí existía o existe un lujoso restaurante en un confortable vagón de tren con el nombre de Oriente Exprés, en recuerdo de que en ese lugar escribió su novela del mismo título la escritora del suspense, esposa del entonces gobernador general de Iraq bajo dominación inglesa, que duro décadas. La actual ocupación quizás dure menos pero es infinitamente más humillante que ocurra en pleno siglo XXI. No puede extrañar que grupos de iraquíes sean los nuevos bandoleros modernos que en muchas televisiones popularizaron personajes como Curro Jimenez. Miremos a la historia y preguntemos: ¿a quien puede extrañar que los iraquíes cojan las armas frente a los invasores si en los comienzos del siglo XIX lo hicimos los españoles para expulsar a los franceses y en el primero de nuestra era los cántabros asesinaban en emboscadas a los temibles ocupantes romanos?.

Nos duele Iraq y su pueblo. Seguro que morirán muchos inocentes en esta nueva humillación colonialista y ésto es de más importancia humana que la carrera política de aquellos que desde la mentira se inventaron esta guerra por la que tienen pendiente un duro juicio histórico.


ALERTA - 09 de agosto de 2003


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