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Aquél 11 de septiembre de hace treinta años |
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Afortunadamente para los chilenos en este tiempo se abrieron “las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”, emocionado deseo expresado por Salvador Allende en su último discurso cuando los aviones de Pinochet bombardeaban el palacio de La Moneda. Tres décadas después, el mismo dinero sucio que financió el golpe de estado chileno, ha servido para tomar por la fuerza un país soberano como Iraq; es decir, el mundo poco o nada ha cambiado en cuanto a que el imperio sigue interviniendo donde se le antoja, sin respetar la legalidad internacional. “De Chile, de lo que ha sucedido en Chile estos últimos días, no se puede hablar sin emoción”. Así comenzaba un artículo de don Eduardo Obregón Barreda en Hoja del Lunes en los días posteriores al golpe de Augusto Pinochet contra el presidente Salvador Allende, ahora se cumplen treinta años. En aquel número del órgano de la Asociación de la Prensa entonces dirigido por don Florencio de la Lama Bulnes, se publicaba, además, una entrevista -de la que fui autor- con José Antonio Guarriarán, entonces subdirector de Pueblo y que había escrito un libro sobre la experiencia chilena que tuvo como colofón una entrevista con el propio Allende. Tanto el artículo de Obregón como mi entrevista a Guarriarán, generaron una fuerte crítica de los representantes inmovilistas en la junta directiva de la Asociación de la Prensa que capeó con su sabiduría lebaniega Lama Bulnes, que también recibió una advertencia desde la delegación provincial de Información, en aplicación de una Ley de Prensa que siempre intimidaba cualquier intento, por modesto que fuera, de ejercer la libertad. Pero el régimen -que tres meses después asistiría a como se abría la tierra bajo los pies con el asesinato de Carrero Blanco-, no pudo parar la marea de información que generó el golpe chileno y la condena hacia Pinochet, que era la expresión de simpatía hacia el presidente Allende que defendió hasta el último respiro la legalidad constitucional, ahora restablecida. En estos treinta años el mundo ha cambiado poco y mucho a la vez, según el prisma con que se mire. Nada ha evolucionado si tenemos en cuenta que el golpe de Estado de Chile fue financiado con fondos públicos de los Estados Unidos, obstinado un enloquecido Richard Nixon y su secretario de Estado, Henry Kissinger, con derribar el sistema chileno ante la amenaza que -intuían- representaba Allende para los fuertes intereses americanos, especialmente en la minería del cobre. Tres décadas después, el mismo dinero sucio ha servido para invadir y tomar por la fuerza un país soberano como Iraq; es decir, el imperio sigue interviniendo donde se le antoja, sin respetar la legalidad internacional. Las confesiones del entonces embajador americano en Chile –marginado sobre los preparativos del golpe por la Casa Blanca- son clarificadoras al declarar que la valija diplomática sirvió para introducir las armas que se emplearon en el asesinato del comandante en jefe, René Scheneider, que respaldaba la investidura de Allende y el carácter no intervencionista del Ejército. Una operación que se hizo a través del agregado militar y de la CIA, quién ha contado con pelos y señales como se fraguó desde la Casa Blanca el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Durante los años setenta y ochenta el deseo de los hombres libres era que cayera Pinochet y su cruel dictadura. Chile -que es el país mas estable económica y socialmente de América Latina- cuenta con una larga tradición democrática y ese espíritu cívico llevó a que el pueblo derrotara finalmente al dictador, que a punto ha estado de ser juzgado por genocida a través de la iniciativa internacional del juez Garzón. Es cierto que se marchó a medias al conservar la jefatura del Ejercito, pero la sociedad civil le fue aislando, poco a poco se alcanzaron más espacios de libertad y, finalmente, se fueron abriendo “las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”, que fue el emocionado deseo expresado por Salvador Allende en su último discurso cuando ya los aviones bombardeaban el palacio de La Moneda, de un presidente que renunció a vivir porque pronosticó –y acertó- que su “sacrificio no será en vano”. El golpe de estado chileno y sus consecuencias, marcó a las generaciones más jóvenes que aspirábamos a espacios de justicia y libertad. La Unidad Popular que aglutinó Allende fue la esperanza democrática para abrir vías en busca de ese sueño milenario de justicia que ha alentado siempre el espíritu de quienes defendemos un reparto equitativo de la riqueza. Qué duda cabe que aquel Gobierno cometió errores, que no era fácil aglutinar todas las tendencias desde un cristianismo social hasta el marxismo más idealista, pero no hay duda de que Allende logró mejorar la educación, la sanidad y las condiciones de trabajo de los chilenos, recobrando para su pueblo una mayor dignidad. Frente a sus deseos de mejorar el país, sobre todo para los más desprotegidos, se urdió un golpe financiado con millones de dólares, que consistió en aislar a Allende de la clase media, lo que aprovechó el golpista Pinochet, para iniciar una represión sin precendentes en la nación chilena. En la plaza de La Moneda un monumento recuerda al presidente Allende y sus valores éticos y humanos. Pinochet ha vivido para ver como aquél al que derrocó por la fuerza sigue en el corazón de los chilenos y que su hija, Isabel Allende, que le acompañó hasta los momentos casi finales, preside hoy el Congreso de los Diputados de Chile, expresión de la soberanía del pueblo chileno felizmente recuperada. Este nuevo Chile donde desde la caída del dictador gobierna una coalición de socialistas y demócrata cristianas -antes grandes adversarios- nada tiene que ver con el que impuso Pinochet para perpetuarse por la fuerza en el poder. El mundo, qué duda cabe, ha evolucionado con cambios fundamentales en el que los casos de importantes genocidas de las últimas décadas han impulsado a los gobernantes defensores de los derechos humanos crear un Tribunal Penal Internacional para que los dictadores no tengan espacios para quedar inmunes. Lástima, sin embargo, que los Estados Unidos no se hayan sumado a esta nueva realidad, quizás -mejor, seguro- porque sus gobernantes y grupos de poder tienen responsabilidades evidentes; así, hace treinta años financiaron y apoyaron el golpe de estado chileno y, como que aquí no ha pasado nada, hoy ocupan por la fuerza un país que hasta hace cuatro meses era soberano. Los hombres libres todavía tenemos batallas y retos pendientes. ALERTA - 6 de septiembre de 2003 © José Ramón SAIZ |
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