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El autogobierno (1982-2002): logros y frustraciones  1/

 

Entre los primeros, destaca la consolidación de la autonomía y el de un Estatuto que tras la última reforma  ha superado todas las restricciones impuestas en 1981. 

Existe decepción sobre un Gobierno que no ejerce el poder político del Estatuto que se manifiesta en una falta de liderazgo al frente de la Comunidad Autónoma.

Cuando don José Antonio Rodríguez me encargó de  la Consejería Adjunta al Presidente y de Relaciones Institucionales en el primer Gobierno de Cantabria que inició sus funciones el 15 de abril de 1982, recuerdo que en una máquina “olivetti” preparé con don Manuel Valentín Fernández de Velasco, que entonces era Oficial Mayor de la Diputación provincial – institución que acababa de extinguirse-  los decretos de creación de las Consejerías del primer Ejecutivo cántabro y de nombramiento de sus titulares. También recuerdo que don Isaac Aja, primer presidente de la Cámara, tenía asignado un despacho sencillo y nada ostentoso, compartiendo con Presidencia del Gobierno los servicios de un ujier, el inolvidable Castillo, cuyo fallecimiento hace apenas dos meses hemos sentido profundamente.  Así fueron aquellos comienzos caracterizados por la ilusión y el inicio de un tiempo nuevo en un año en el que el Gobierno contó con apenas 6.000 millones de presupuesto. 

De aquél arranque ilusionante de la autonomía destacaban, entre otros, dos principios irrenunciables: primero, fortalecer la identidad histórica de Cantabria a través de concienciar a los ciudadanos sobre las ventajas del autogobierno y, segundo, acercar la Administración a los ciudadanos de forma progresiva a medida que se asumieran transferencias y las competencias pasaran a manos de la Comunidad Autónoma. A estos retos se añadía, por supuesto, el poner en marcha las nuevas instituciones, organizar la autonomía y trabajar con fuerza y pasión por el progreso de la tierra cántabra y sus gentes.  

El pasado miércoles con motivo de los actos institucionales en torno al XX aniversario del Estatuto, compartí mesa en la cena de La Magdalena con el doctor Martín Silván y don Luis Fernández Silió (en aquella época alcalde de Valdeolea), el ex-regionalista Esteban Solana,  diputados de la etapa constituyente de la Comunidad Autónoma y las diputadas de la actual legislatura doña Avelina Saldaña y Lucrecia Santamaría, teniendo como testigo al financiero don Antonio Diestro. Me planteó Silván, que fue un activo miembro del Partido Comunista en la transición en la que esta organización jugó un papel clave en el éxito de la aventura reformista y su culminación feliz en la Constitución de 1978, sobre la situación, hoy, del autogobierno y el despertar de algún grupo que plantea opciones ya superadas y que pudiera encontrar la razón de su nuevo activismo en que el Gobierno de Cantabria no funciona ni trasmite una idea de comunidad. Sobre la marcha, tracé unas reflexiones que nos ofrecen una idea crítica sobre la actual situación, que debieran corregirse para dar mayor autenticidad al autogobierno, desde la aceptación de que en este tiempo se ha consolidado la autonomía, tenemos un Estatuto perfecionado y suficiente, aunque mejorable, desde la reforma de 1998 al superar todas las restricciones impuestas en sus contenidos en 1981. Estas son las reflexiones que aporto al necesario debate: 

1.- No se ejerce el poder político de las instituciones. La falta de liderazgo. El autogobierno es todo un poder político pero ese poder no es ejercido por el Gobierno. La última prueba: ¿se ha dejado escuchar nuestra voz en torno al acuerdo sobre el concierto vasco?. ¿Sabemos sus claves, los compromisos, las ventajas para ellos y, por consiguiente, como desiguales ante la ley, desventajas para nosotros?. En este como en otros asuntos, soportamos el silencio de los corderos. Otro ejemplo: se aceptó sin rechistar por Sieso-Revilla nuestra salida del Objetivo 1 para que continuara Valencia (que sigue recibiendo miles de millones de la UE); para ello los Gobiernos central y autonómico incrementaron  fictíciamente la población para  reducir la renta por habitante y situarla por debajo del 75 por ciento de la comunitaria.  ¿Se puede entender que la comunidad que preside Zaplana es más pobre que la nuestra cuando ha impulsado infraestructuras espectaculares, ejemplo de su gran Ciudad de las Artes y las Ciencias o Terra Mítica?. Otro caso lacerante se refiere al Plan Hidrológico, que debió negociarse desde la razón moral de la gran deuda pendiente del Estado con la comarca de Campóo por la construcción hace sesenta años del pantano y el incumplimiento sistemático de todas las promesas y, que a través de una negociación firme y digna, reclamar los derechos pendientes para  ponerlos al servicio de la búsqueda de soluciones a la gran crisis industrial  que está sufriendo la comarca campurriana. Sobre Valdecilla, apuntaremos lo necesario más adelante.  

 

Recuerdo, como contraposición,  que con un autogobierno todavía débil, a los pocos meses de iniciarse nuestras responsabilidades planteamos al Gobierno central la petición de que autorizara la implantación en nuestra Universidad de la Facultad de Derecho.  El Ministerio de Educación demostró, inicialmente, que no pasaba por su idea aceptar la propuesta y, mucho menos, con la inmediatez que planteábamos. Desde el Gobierno hicimos toda la presión y con motivo de un viaje del ministro Mayor Zaragoza a la UIMP, realizamos un plante institucional al titular de Universidades, quién tras extraer conclusiones de aquella firme actitud rectificó como hacen en estos casos los gobernantes inteligentes. Dos semanas después se publicaba el Real Decreto que aprobaba el nuevo título para la Universidad de Cantabria y, dos meses después, comenzaba el primer curso. Incluso, organizamos desde el Gobierno una manifestación reivindicando el Santander-Mediterráneo que congregó en las calles de Santander a casi diez mil personas. Por tanto, existió  nervio y pulso reivindicativo, lo que ahora falta a la vista de los ciudadanos. 

Puede concluirse, por tanto, que esa falta de espíritu reivindicativo, de defensa activa de los intereses de Cantabria, se muestra especialmente por una carencia de liderazgo al frente de la Comunidad Autónoma, un hecho que está calando profundamente en la sociedad que considera que estamos huérfanos de dirigentes con capacidad real para asumir retos ambiciosos. 

2.- Inhibición institucional en la promoción de la historia cántabra y fortalecimiento de su identidad. Hace unos días en un acto de presentación de mi último libro y para demostrar el escaso interés del Gobierno cántabro por nuestro pasado e historia, mostré a quienes me acompañaron un libro de los años cincuenta de Editorial Vives con el título “El Libro de España”. En ese libro de lecturas, elaborado en un contexto autoritario y centralista de la época, se recoge el relato de dos huérfanos que recorren España para conocer sus regiones y ciudades, destacando en su página 35 su llegada a La Montaña. Se refiere el relato a los pasiegos, el carácter valeroso de nuestros antepasados, las gestas de ese pasado y se cita a la indómita Cantabria. Tras referirse a nuestras mejores biografías se evoca con entusiasmo el origen montañés de los tres grandes del Siglo de Oro español: Lope de Vega, Calderón de la Barca y Quevedo. Hoy, con autogobierno y competencia en los contenidos de los libros escolares de texto, todo ésto de trascendencia para el pasado de un pueblo, se ignora como se hace, por ejemplo, con los centenarios en este año 2002 de Amós de Escalante o de Gregorio Lasaga Larreta.. ¿Nos imaginamos que Fraga “pase” de una conmemoración de Rosalía de Castro o Pujol sobre el poeta Maragall o, el escritor Josep Pla?. 

Cantabria ha ido perdiendo peso en la Historia de España, curiosamente en una etapa de autogobierno, situación excepcional que ha brindado a Cantabria su configuración como comunidad autónoma diferenciada  en el mapa español. De la explosión de montañesismo de finales del XIX y primeras décadas del XX (en los años veinte nuestra antigua Diputación provincial llegó a reivindicar un concierto económico), hemos pasado a una situación de “congelamiento” de la historia y de pérdida de protagonismo cántabro en los hitos más representativos de la historia de España surgidos desde el corazón y el valor de Cantabria. Las consejerías de Cultura y de Educación representan, en este caso, el ejemplo de mirar a otra parte en estos asuntos. 

 Estas inhibiciones oficiales dan la razón a quién en mi último acto público en la Casa de Juntas en Puente San Miguel comentó que es lo que hay y poco más se puede esperar de consejeros que en puestos claves vienen de otras culturas y jamás de niños estudiaron historia de Cantabria, que la desconocen y, por supuesto no la sienten ya que como dejaron escrito los sabias –y don Marcelino Menéndez Pelayo lo fue-  solo se ama aquello que se conoce y un pueblo que no mira a su historia, que no profundiza en ella, es un pueblo que a la larga desaparece. Por cierto, en plena ofensiva del reducido grupo de nostálgicos castellanistas, se afirma que no están mal situados en el Gobierno presidido Sieso y copresidido por Revilla, en el que abunda la presencia de algunos miembros con muy escasas referencias de vinculación con nuestra tierra cántabra. Algo profundo estará fallando para que los herederos de Aceca  hayan iniciado su particular reconquista de Cantabria.  

ALERTA 23-2-2002