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Orígenes y protagonistas de la industria metalúrgica local |
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Los talleres Alonso fueron creados
en el siglo XIX por don Pascual Alonso y ahora acaba de fallecer su nieto,
don José Alonso Conde, torrelaveguense emprendedor. En los años veinte
la empresa |
Hace unos días falleció
a los ochenta y un años de edad don José
Alonso Conde, continuador en el siglo XX de la primera fundición de
Torrelavega, empresa que fundó en el siglo XIX su abuelo, don Pascual
Alonso, un astorgano que
dominaba con efectividad los secretos de la industria metalúrgica y llegó
a la villa torrelaveguense a instancias del fundador de Nueva Montaña
Quijano. Durante los últimos cuarenta años, Pepe Alonso fue el continuador
de la saga empresarial de la familia, después de que la empresa superara
los efectos de la posguerra, ya que al manifestarse a favor de
la legalidad republicana fue desmantelada
-situación que afrontó durante una larga década- para más tarde renacer. La
fundición de Pascual Alonso formó parte de los
inicios industrializadores de Torrelavega en tiempos en los que todavía
la energía eléctrica no había llegado a la villa, lo que ocurrió con
el logro del título de ciudad en 1895. El comercio, sobre todo, comenzó
a proyectarse con fuerza ante el resto de la comunidad cántabra, al
tiempo que los negocios industriales comenzaron a impulsarse hasta que se
dio el gran salto en los
primeros años del siglo XX con la instalación de Solvay
en las praderías de Barreda-Polanco. El
taller de don Pascual Alonso fue la primera
fundición instalada en Torrelavega, labrándose un reconocido
prestigio en una primera época como fabricante de campanas
de bronce y de cocinas y estufas de carbón. El trabajo con cualquier tipo
de metal carecía de secretos
para el herrero astorgano, que vio como su empresa crecía lo suficiente
como para buscar una nueva ubicación, la definitiva, en la calle Julio
Hauzeur, muy cerca de Cuatro Caminos. Los primeras décadas del siglo XX
fueron tiempos de esplendor
para el negocio familiar, que en los momentos de la I guerra mundial llegó
a contar con una plantilla de nada menos doscientos
trabajadores. En la prensa local se anunciaba como “Taller
de construcción, reparación y montaje de toda clase de maquinaria y
fundición de hierro y bronce, calderería, fumistería y forja”,
abriéndose entonces un nuevo taller de cerrajería “en la que se
construirían, a precios sumamente económicos, suelos de hierro,
dinteles, pies derechos, tejados de hierro, cobertizos, balcones,
barandillas, verjas, escaleras metálicas, marquesinas, miradores,
estufas, invernaderos, kioskos y cuanto constituye el ramo de cerrajería”,
nuevas apuestas que la proyectaron como una de las más importantes de la ciudad. Estas circunstancias
se alteraron a finales de los años
veinte, con la crisis internacional del 29 y, posteriormente, con la
guerra civil. Como ocurrió con otras empresas que trabajaron para la guerra y, en particular, para uno de los bandos, la familia Alonso defendió la legalidad republicana, comprometiéndose ideológicamente en un ejercicio de lealtad a sus convicciones. En los talleres de la empresa cercanos al “cruce de caminos” que trajo la prosperidad a la ciudad, se fabricaron granadas y municiones para la aviación republicana, así como se blindaron camiones que posteriormente intentarían, sin éxito, detener el avance del bando nacional en las encrucijadas del Escudo. Tras caer la comunidad cántabra, la empresa quedó a merced de las decisiones de los vencedores, que ordenaron su desmantelamiento, con la entrega de su maquinaria a empresas adictas al nuevo régimen. |
A
finales de los años cuarenta, la familia Alonso inició casi
de cero su nueva andadura empresarial con la reapertura de los
talleres, dedicando su actividad a la calderería y a la construcción de
estructuras metálicas, una vez abandonada definitivamente la fundición.
La sociedad ya no alcanzó la dimensión que tuvo en los años veinte pero
sí logro, de nuevo,
formar parte gracias a su competencia y calidad, del entramado
industrial de Torrelavega y su comarca, proyectándose, además, como una buena escuela de profesionales, continuando hoy su actividad tras
superar la crisis de los setenta, al frente de la cual se encuentra la cuarta
generación familiar. Don
José Alonso Conde fue no solo un activo empresario sino un torrelaveguense
ejerciente. Nada de lo que acontecía en la ciudad le era extraño,
participando en la creación de la Asociación de Empresarios del Metal en
reuniones celebradas en los años setenta en las que participaron empresas
de prestigio y solvencia técnica como Hermanos Vila, Ramón González, Landaluce,
Ballestas Martín y Calderería
Ibérica, de Gil Revuelta Laguillo. También sumó sus esfuerzos e ideas a las
actividades de la Cámara de Comercio y, durante unos años de transición,
fue presidente de la Coral de
Torrelavega –que cantó magistralmente, como siempre, en su funeral-
concretamente a la muerte del que fuera alcalde don Manuel Teira
Fernández. Recuerdo con frescura una de nuestras últimas
conversaciones. Me llamó para que escribiera unas líneas sobre la muerte
del empresario del metal, don Alejandro Alvarez,
idea que ya tenía al unirme a él no solo una amistad sino una profunda
admiración por su honrada y ejemplar
lucha sindical en los años sesenta en defensa de los avances sociales
de la clase trabajadora de la empresa Nueva Montaña Quijano, lo que
entonces le costó -junto a otros
queridos compañeros- el despido. A los pocos días me volvió a llamar
para confesarme que le había emocionado la necrológica que dediqué a la
memoria de aquél luchador sindical, más tarde empresario, que divulgó
entre amigos y compañeros del sector empresarial del metal. Es
importante que la tradición empresarial se trasmita
de generación en generación y en este empeño Pepe Alonso Conde fue un
convencido de la necesidad de forjar nuevos empresarios y de mantener y
fortalecer pequeñas y medianas empresas para buscar un nuevo renacimiento industrial de Torrelavega y su comarca.
Esperemos, en su recuerdo, que este espíritu guíe el futuro de la ciudad
a la que amó con pasión ejemplar, pero que no le ofreció la oportunidad de vivir la
construcción del tan añorado polígono industrial en el que ubicar su
empresa centenaria, que todavía mantiene su actividad de calderería
ligera en pleno corazón de Torrelavega. Conste, pues, nuestro sentimiento por la pérdida de un buen amigo al que rindo tributo honrando
la trayectoria empresarial de sus antepasados que Pepe
Alonso Conde supo mantener y trasmitir a sus hijos.
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