| Limitación
de los mandatos: visión desde Cantabria.
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Si Aznar basa su decisión de no repetir cartel electoral como un compromiso moralizante, aunque Martínez Sieso no haya hecho tal promesa, la decisión final del inquilino de La Moncloa debe vincular a toda la estructura territorial de poder del partido en el Gobierno.
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Tienen aún los gallos que cantar muchos amaneceres antes de que conozcamos si don José María Aznar cumplirá o romperá su gran promesa de limitar voluntariamente su mandato a ocho años. Hasta que llegue esa decisión, el tema surgirá, de vez en cuando, marginando otros debates más profundos y de mayor interés ciudadano -éste lo es- pero corresponde despejar solo a quién en un determinado contexto político y social entendió que un compromiso en esa línea, con sacrificios personales, tenía, sin embargo, interés para la recuperación de principios perdidos para la salud democrática y ética del Estado. El Presidente del Gobierno se muestra tozudo y tiene toda la razón si, como parece, su decisión de no permanecer en el cargo más allá de dos mandatos de cuatro años, se basó en una decisión moralizante. Hay que visionar aquél contexto. A Felipe González le sobró un mandato, el último, y trece años ininterrumpidos de presidente y secretario general del PSOE, terminó haciendo verdad esa frase de Lord Acton (1834-1902) que dice que "el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente". La decisión de González de acudir a la reelección en 1993 cuando ya llevaba diez años de poder, fue un grave error para su biografía política, ya que aunque ganó las elecciones por los pelos con una victoria incuestionable desde el punto de vista democrático, su erosión política se aceleró. Quiso hacer de muro de la corrupción que acumulaban años de poder absoluto y, la corrupción terminó judicializándose con las consecuencias que ya conocemos. Observando aquél contexto, ¿puede entenderse la decisión de Aznar de comprometerse, entonces, a no gobernar más allá de los ocho años, es decir, dos legislaturas?. En efecto, hay que entenderla y aplaudirla, porque fue un gesto moral que si finalmente le cumple, engrandecerá su historial político. Quién a tanto se atreve, arrinconando sus legítimas ambiciones personales, puede convertirse sin querer en un hombre de Estado. No hay duda de que al señor Aznar le encantaría seguir en La Moncloa. Es como los demás - no distinto- ya que quién ha conseguido después de pelear y entregar muchos esfuerzos, llegar hasta la cima de la escala del poder, nunca desciende a la llanura por su propio pie. Normalmente hay que sacarle de allí y, en las democracias, la vía es la de las urnas o, como en el caso en el que ha empeñado su palabra el inquilino de La Moncloa, limitarse voluntariamente el mandato presidencial. No se si hoy estará arrepentido de aquella promesa/compromiso, pero fue, sin duda, un acto moralizante por lo ya explicado, cuando la corrupción por muchos años de poder absoluto comenzaba a aparecer a borbotones. Y es en esa dimensión moralizante en la que contextualizamos la decisión de Aznar, que difícilmente podrá cambiar de opinión salvo quedar sin honor ni palabra, aún a pesar de que el cien por cien del partido se lo pidiera. A los dirigentes que han abierto el debate ya les ha contestado con unas reflexiones que tienen una cierta sintonía con una frase que se adjudica a Plutarco: "¡La palabra empeñada no debe dejar lugar a reflexiones!". El debate abierto a nivel nacional -en el que será importante leer entre líneas y escudriñar sobre gestos y deslices- aparecerá de vez en cuando jaleado por dirigentes nacionales y territoriales del partido del Gobierno, debería tener un traslado a Cantabria con el correspondiente debate público y parlamentario. Personalmente intenté abrirle en el proceso de la reforma del Estatuto en 1998 e, incluso, llegué a presentar una enmienda con el fin de limitar el mandato del Presidente de la Comunidad Autónoma, iniciativa que no tuvo fortuna y que rechazaron - recuerdo- el resto de los ponentes. Ya entonces Aznar había anunciado su promesa y compromiso personal de no apostar por un tercer mandato y, entendí que era una decisión con una gran carga positiva para la salud democrática; así, cuando ahora son tantos los que acuden al ejemplo americano como símbolo y fortaleza de democracia, cuyo sistema constitucional manda a casa a un Clinton en el mejor momento de su vida en cuanto a experiencia y madurez, el ejemplo también debiera seguirse o aplicarse en lo restrictivo, como es el tope de los ocho años de inquilino de la Casa Blanca que existe en la nación americana.
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Como el debate en Cantabria no va a existir salvo que se fuerce -y me permito, en ese objetivo, aportar estas reflexiones- entiendo que si el presidente Aznar lleva adelante su promesa haciendo caso omiso a la presión de su partido para que cambie su decisión, su ejemplo moralizante en tanto como primer líder del partido en el Gobierno, debiera trasmitirse automáticamente a todos los gobernantes que gracias a las siglas del PP han alcanzado un poder territorial; en consecuencia, estoy apuntando esencialmente a los presidentes autonómicos, cuyo proceso de elección es equivalente al del presidente del Gobierno de la nación al sustentarse en el tradicional esquema parlamentario. Es cierto que Martinez Sieso no hizo esa promesa -al menos no me consta- y que, por tanto, no está vinculado a un compromiso de tanto calado, pero entendiendo que su mandato presidencial en dos ocasiones ha surgido netamente de las siglas de su partido, creo que por lo moralizante de la decisión de Aznar, asumiría con otros gobernantes territoriales los mismos condicionamientos éticos que aconsejaron al actual jefe de gobierno y líder del PP limitar su propio mandato. Entiendo que no debiera existir problema alguno para ello, en ese objetivo coincidente de no acumular un poder de años, camino de convertirse en absoluto, que termina corrompiéndolo todo. Es incuestionable que Aznar y Martinez Sieso no son comparables. Una equivocación de Aznar pudiera afectar a situaciones de Estado como terrorismo, Gibraltar, euro, crisis internacional, etcétera, pero una supuesta equivocación del presidente cántabro de asumir la autolimitación de su mandato, no significaría nada en absoluto para nuestros intereses. No tenemos problemas de integridad territorial, vigencia del Estatuto de Autonomía e, incluso, no corre peligro la estabilidad o el desarrollo de Cabárceno. Además, a medida que ha afianzado más poder, se tiende -y la última remodelación del Gobierno lo demuestra- a optar por equipos de domésticos, de perfil gris y funcionarial. Ahora que el presidente Sieso parece muy interesado en despolítizar la Caja - conviene que ese término se explique con precisión cuando, por ejemplo, todas las operaciones superiores a los quinientos millones deben ser autorizadas expresamente por su Gobierno- y sobre cuyas propuestas e intenciones habrá tiempo de reflexionar, es conveniente que se conozca que en la entidad de ahorro cántabra existe una limitación en los mandatos que no solo debe respetarse sino cerrarse más aún. Es la limitación de los ocho años, que al mismo tiempo exige que deberán pasar - no cuatro- sino otros ocho años para optar a una nueva elección. Esperamos que desde el respeto a la soberanía del Parlamento y, como a todos preocupa la estabilidad de la Caja en las actuales situaciones complejas del mundo financiero y las no disimuladas ambiciones bancarias de debilitar y acabar con unas entidades que compiten mejor y crecen constantemente, que el consenso a alcanzar sobre la futura legislación sea real y abierto, garantizando que la limitación de los dos mandatos se mantenga y no se aproveche la ley para otros intereses o, para poner el cronómetro a cero en cuanto a la contabilización futura de los mandatos. El aire fresco es bueno para las instituciones como para las entidades como las Cajas ya que evita que se consoliden poderes que por inercia tienden a escaparse de los controles reglamentarios. ALERTA 17/11/2001 |
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