"EL RETO PENDIENTE DE LA COMARCALIZACIÓN DE CANTABRIA".

CONFERENCIA PRONUNCIADA EN POLACIONES, ORGANIZADA POR LA ASOCIACIÓN SOCIO-CULTURAL PEJANDA (PUENTE PUMAR, NOVIEMBRE 2001).

 

Queridos amigos,

Señoras y Señores:

Sean mis primeras palabras de agradecimiento a la Asociación Socio-Cultural Pejanda al darme la oportunidad de participar en este ciclo de conferencias, en su segunda edición, que permite abrir unas reflexiones de pasado, presente y futuro sobre la realidad de este Valle cargado de historia en el contexto de Cantabria. Iniciativas como ésta en la Cantabria del interior, amenazada desde hace años por una sangría demográfica que no acaba de tener fin, representa una acción encomiable de amor y pasión por la tierra en la que nacisteis y a la que os sentís profundamente ligados y comprometidos con su futuro, fomentando el conocimiento de su historia y tradiciones.

Tierra ésta identificada con su río, el Nansa, que durante siglos fue un río libre, no manipulado por el hombre, ni dominado por la técnica humana su corriente; tierra de espíritu emprendedor y emigrante de sus gentes, pero sobre todo, de gran condición trovadora, hecha patente en cada ocasión solemne o en cada festejo popular, que acoge estas iniciativas tan enriquecedoras sostenidas en una publicación, "TERRITORIO PURRIEGO" que demuestra que la identidad y las conciencias de esta comarca están vivas .

Estoy seguro que de estas iniciativas se obtendrán conclusiones de alto interés y, por ello, no dudé en aceptar vuestra invitación que para mi será muy gratificante al conocer más de cerca esta tierra que siempre recuerdo - y tengo presente - porque en parajes de esta comarca del Nansa se desarrolló el gran escenario natural de la gran novela épica "Peñas Arriba" de nuestro insigne novelista don José María de Pereda.

No vengo aquí a disertar sobre nada sino a compartir inquietudes sobre el presente y el futuro de la Cantabria del interior y, la crisis demográfica por la que atraviesan más de la mitad de los municipios de Cantabria, es decir, prácticamente toda Cantabria a excepción de los municipios de la costa y aquellos otros que rodean a cabeceras de población fuertes, como puede ser la bahía de Santander y la cuenca del Besaya desde Los Corrales de Buelna a Torrelavega.

Hechas estas consideraciones y consiguientes matizaciones sobre lo que pretendo con esta conferencia, comienzo afirmando que en mi actividad pública he trabajado con entusiasmo y corazón por alcanzar una reforma del Estatuto que diera categoría al Estatuto mutilado de 1982 que, sin embargo, abrió la puerta a que Cantabria se constituyera en Comunidad Autónoma. En mis libros "Propuesta de Reforma del Estatuto" editado en 1992 y "Para que Conste, una propuesta de mayor autogobierno para Cantabria" (1997), defendí objetivos que nivelaran nuestro Estatuto en relación a los demás y, consecuentemente, se reconociera a Cantabria como Comunidad Histórica.

El tema de las comarcas fue uno de esos objetivos sobre el que previamente había escrito un libro –"La Comarca en la Autonomía de Cantabria" (1988)-, al entender que este ente territorial es de vital importancia para salvar de su agonía demográfica a los municipios de la Cantabria del interior, que culminó, por un lado, con el reconocimiento de la comarca en el Estatuto y, finalmente, la aprobación de la Ley de las Comarcas, objetivos en los que tuve la oportunidad de aportar mis conocimientos y mis pasiones como ponente, tanto de la Reforma estatutaria como de la ley comarcal.

En el Estatuto de 1982 la comarca aparecía en el artículo 28 con una redacción claramente insatisfactoria y, sobre todo, secundaria pues al tratarse de un ente territorial defendí reiteradamente - reconozco que con obstinación- su inclusión en el artículo segundo del Estatuto. Así, en la página 40 de mi primer libro defendiendo un modelo de reforma estatutaria, aportaba la siguiente redacción:

. El territorio de la Comunidad Autónoma es el de los municipios comprendidos dentro de los límites administrativos de Cantabria en el momento de su constitución como Comunidad Autónoma.

. La organización territorial de Cantabria se complementará con el reconocimiento de la Comarca como entidad local con personalidad jurídica y demarcación propia, mediante Ley del Parlamento. La Comarca no supondrá, necesariamente, la supresión de los municipios que la integran. Asimismo podrán crearse entidades supramunicipales, basadas en hechos urbanísticos y otros de carácter funcional con fines específicos.

. Para las comarcas deprimidas o en crisis se adoptarán programas de actuación inspirados en el principio de solidaridad.

En mi libro "Para que Conste: una propuesta de mayor autogobierno para Cantabria", presentado en 1997, con el fin de impulsar en el Parlamento la Reforma del Estatuto, defendí ese mismo protagonismo para la comarca, basándome en la necesidad de reforzar su dimensión como entidad local dotada obviamente de personalidad jurídica y entendiendo la misma como un ente determinado por la agrupación de municipios completos, por lo que su demarcación propia debe ser siempre la suma de términos municipales y sus órganos de gobierno representativos de los municipios agrupados; por ello, demandaba en esta propuesta de artículo que la futura Ley debería respetar el trámite de audiencia a los municipios interesados.

En esta propuesta de reforma estatutaria condensaba la ya señalada, al recoger que "Cantabria estructura su organización territorial en Municipios y Comarcas", es decir, elevaba el protagonismo de la Comarca al adquirir prácticamente el mismo rango que el del municipio en lo que respecta a la organización territorial de la Comunidad Autónoma.

Finalmente, en la reforma estatutaria aprobada por el Parlamento y las Cortes Generales a lo largo del año 1999, la definición y el rango alcanzado para la Comarca encuentra su definición entre las dos aportaciones expuestas, tanto de la realizada en mi libro de 1992 como en el más reciente de 1997. En concreto, quedó así:

Artículo 2, apartado 3.

Cantabria estructura su organización territorial en municipios.

Una Ley del Parlamento podrá reconocer la comarca como entidad local con personalidad jurídica y demarcación propia. La comarca no supondrá, necesariamente, la supresión de los municipios que la integran.

Hecha esta primera disquisición sobre el pasado estatutario antes de llegar al reconocimiento formal del protagonismo de la Comarca - protagonismo, por cierto, que la Ley de Comarcas no ha alcanzado, por el momento, a falta de la necesaria iniciativa municipal - quiero trazar una serie de reflexiones que nos lleven a analizar si, como sostengo, el desarrollo de las comarcas es positivo para el futuro de zonas con municipios en regresión demográfica como el de Polaciones. Desde mi tesis de que la sangría demográfica está justificando dar pasos en la comarcalización de Cantabria, sobre todo de la del interior, paso a enumerar las tres clases de comarcas que entiendo pueden desarrollarse en nuestra Comunidad Autónoma:

1.- El criterio histórico cuando existe una tradición de conciencia histórica y de identidad del hipotético territorio comarcal que puede servir de guía adecuada para tener en cuenta la idiosincrasia y hábitos de vida de los habitantes. Por ejemplo, a bote pronto, Liébana y Campóo tienen una historia propia, además de una identidad; así, cuando fuera de Cantabria se pregunta a uno de Camaleño o de Piasca de donde es originario, la primera respuesta es "soy lebaniego", posteriormente concretará de que pueblo.

2.- El criterio "geográfico" es particularmente importante porque el relieve, el espacio natural, las montañas o las cuencas hidrográficas configuran verdaderas unidades naturales que influyen en el asentamiento de las poblaciones en la utilización de recursos naturales, en el desarrollo económico, en la disponibilidad de comunicaciones y accesibilidad a los núcleos poblados.

3.- El criterio "económico" exige la disponibilidad de buenas estadísticas referidas a áreas muy reducidas, básicamente los municipios, lo que no siempre es posible. A partir de las producciones, las distancias, los mercados, los impuestos, el gasto público y otros factores se pueden construir modelos matemáticos, ante los que hay que mantener la cautela de que no siempre dan resultados plenamente satisfactorios.

4.- El criterio "socioeconómico" dentro de cuyo concepto entran las relaciones de vecindad, la densidad de población, las formas de vida y las afinidades culturales y lingüísticas, además de la estructura económica. Y,

5.- Además de estas diferentes concepciones sobre la comarca, en los finales del siglo XX y a raíz de la Constitución de 1978 que no solo hace lícito el movimiento comarcalista sino que emplaza a las Comunidades Autónomas para que regulen este ente territorial, se ha producido un cambio por completo de signo. Ya no se habla de un criterio de lo natural. La comarca no es un fenómeno natural - sea histórico, geográfico o económico- sino que se monta artificialmente sobre el criterio de la funcionalidad administrativa.

Existen otras concepciones básicas para el establecimiento de divisiones comarcales adecuadas; sin embargo, la cuestión no ha tenido una solución satisfactoria. La tradición popular responde a realidades obvias; pero no ayuda a delimitar las comarcas como es necesario, ni se ajusta siempre a las perspectivas de la vida actual, aunque entendemos que las cuatro que hemos definido pueden servir para buscar un modelo comarcal para Cantabria.

La Ley de Comarcas de Cantabria, aprobada por el Parlamento Cántabro el 28 de abril de 1999, en su preámbulo se refiere a la "existencia de comarcas en cuanto realidades económicas, culturales e históricas con características e intereses comunes, es un hecho que acredita los vínculos y relaciones entre los municipios de determinadas zonas", añadiendo que "la comarca es, por tanto, una entidad necesaria integrante de la organización territorial de la Comunidad Autónoma de Cantabria". Y en su artículo 2, apartado segundo, se invoca las características ya reseñadas de las comarcas con el siguiente texto:

"Los municipios de Cantabria, limítrofes entre sí y vinculados por características geográficas, socioeconómicas, históricas e intereses comunes, podrán constituir comarcas que gozarán de la naturaleza de entidades locales".

Es decir, la propia ley asume esos rasgos diferenciadores de las comarcas de Cantabria que pueden constituirse bien por lazos históricos o culturales o socioeconómicos y de intereses comunes.

En consecuencia, que Cantabria es plural no hace falta poner pruebas sobre la mesa. Nos lo demuestran múltiples factores, formas de vida, historia, identidad, tradiciones e, incluso, la propia arquitectura regional. Así, la casa de Trasmiera es diferente de la de Liébana y Campóo y, en esa dialéctica entre los rasgos comunes y diferentes es donde radica su riqueza y complejidad pues siempre defenderé que la arquitectura ha sido nuestro arte popular y la "casa" elemento donde lo cántabro y montañés ha expresado sus creencias y preferencias.

En un artículo que publiqué en el diario Alerta el 21 de mayo de 1982 en mi etapa de Consejero Adjunto al Presidente y de Relaciones Institucionales en el primer Gobierno de Cantabria, expresé que "la comarca es una realidad incuestionable, imposible de borrar, porque la identidad de los pueblos es algo que se transmite de generación en generación y la comarca, como el municipio, es en muchos casos algo absolutamente innato del ser y existir de nuestras gentes", añadiendo:

"¿Quién puede desconocer que el hecho comarcal existe en Cantabria?. Aunque nuestra comunidad apenas supera los cinco mil kilómetros cuadrados, lo cierto es que existe una clara diferenciación comarcal. La comarca, como la región o el propio Estado, no es una simple estructura oficial, ni tampoco un nuevo aparato burocrático. Es mucho más; es una idea riquísima en formas y manifestaciones; es como la tradición una fuerte carga de sentimiento y razón. Es decir, algo muy vivo, antagónico de lo artificial, cuya vigencia ya intuyó el mismísimo Ortega y Gassett cuando quiso definir a España en un conjunto de comarcas. En la comarca se puede conjugar la síntesis de la historia y la funcionalidad, al tiempo que supone una forma importantísima de organizar la convivencia humana".

Hechas estas reflexiones, quisiera definir los objetivos de una Cantabria comarcalizada y que marcan profundamente mis criterios sobre la necesidad comarcalizadora. Siempre he entendido que una comunidad enriquecida por la identidad comarcal refuerza la propia identidad del territorio autonómico, así como posibilita una mejor gestión en los asuntos de gobierno y, más concretamente, en nuestro caso, tratándose de una comunidad uniprovincial. Veamos la filosofía en la que sostengo mis criterios comarcalizadores:

1.- EL REPARTO DE LA RIQUEZA: EL EQUILIBRIO REGIONAL y EL PRINCIPIO DE SOLIDARIDAD INTERCOMARCAL.

Este es, a mi juicio, el programa más serio de toda Comunidad Autónoma, no sólo actuando en una política de solidaridad hacia fuera pero dentro del mismo Estado, es decir, intentando salvar los desequilibrios existentes en España, sino también actuando hacia dentro o, lo que es lo mismo, tratando de corregir los desequilibrios entre unas comarcas y otras. Pero esos desequilibrios, que existen, solo podrían atenuarse o eliminarse si asumimos con plenitud el reconocimiento del hecho comarcal.

Aquí hay que partir de una afirmación simple y sin equívocos: varias comarcas de Cantabria sufren una profunda regresión, pierden anualmente población y apenas subsisten con la promoción turística donde ya todo no puede estar, exclusivamente, en el ejemplo de Liébana, en torno al teleférico o, a Santo Toribio en sus años jubilares. Es necesario, por el contrario, abrir otras posibilidades a sus gentes, llevarlas otras alternativas y esperanzas y que vean en la autonomía una posibilidad sincera y no como una nueva frustración, que sería otra más de conocidas frustraciones, no imputable al hecho histórico de la autonomía y de nuestra identidad histórica, sino de la capacidad y pasión positiva de nuestros gobernantes.

Los datos demográficos a los que hemos accedido son concluyentes y ponen sobre la mesa del debate el despoblamiento de los municipios de la Cantabria del interior y, especialmente, de comarcas como la del Nansa que pilotada, presumiblemente, sobre seis municipios - en base a la propuesta que abordo en mi obra "La Comarca en la Autonomía de Cantabria" -, presenta esta evolución en el periodo 1986 a 1991:

Municipio

Ext.

1986 1988 1991

%

POLACIONES 90,02 436 403 337 22,7
HERRERÍAS 40,26 946 933 800 15,4
LAMASÓN 71,28 528 496 472 10,6
PEÑARRUBIA 54,07 454 393 330 27,3
RIONANSA 118,7 770 1.813 1.623 8,3
TUDANCA 52,87 452 282 282 37,6

Sobre estos datos destacar que de los 102 municipios de Cantabria, 68 perdieron población en este periodo de 1986-1991. No hemos tenido acceso a los datos oficiales al año 2000, pero es más que previsible que la pérdida demográfica haya continuado. En cualquier caso, atendamos la siguiente estadística del mapa municipal cántabro, realmente enfermo y en crisis, que precisa antes de que se plantee la desaparición de municipios, de la urgente institucionalización de la comarca:

  • De los 102 municipios cántabros, 76 tienen menos de 3.000 habitantes con esta distribución:
    • 18 municipios entre 2.000 a 3.000 habitantes.
    • 27 Municipios entre 1.000 a 2.000 habitantes
    • 31 con menos de 1.000 habitantes, de los que 13 están por debajo de los 500.
  • Solo 26 municipios, es decir, la cuarta parte de los existentes en Cantabria, presentan una demografía superior a los 3.000 habitantes.

Desde una reflexión sobre estos datos que ofrecen conclusiones problemáticas, tenemos que insistir que la creación e institucionalización de las comarcas no necesariamente debe significar la desaparición de los pequeños municipios; sin embargo, puede afirmarse que la compleja consolidación por falta de servicios públicos, financiación adecuada y despoblamiento de los pequeños municipios, significa una causa más en la necesaria creación y funcionamiento de la comarca. Un ente territorial que al tiempo debe posibilitar:

a. Hacer posible que el gobierno y la administración de los pueblos se amolde a modernas técnicas, difíciles de conseguir para municipios con población, incluso, superior a los cinco mil habitantes. Por ejemplo, mecanización de servicios administrativos; redacción y ejecución de planes urbanísticos; puesta en funcionamiento de servicios indispensables, como recogida de basuras, vertederos, etc.

b. Lograr una rentabilidad de servicios que a cargo de un solo municipio suponen, sin duda, una carga deficitaria.

c. Ahorro económico, porque los costos son financiados proporcionalmente y los trabajos o servicios se realizan para una población mínima, lo que necesariamente abarata los servicios.

 

Estas ventajas de la comarca son evidentes. Un municipio, por ejemplo, como Tresviso o Las Rozas de Valdearroyo -y en no mejor situación está el de Poblaciones- con presupuestos ínfimos, apenas puede prestar el más pequeño servicio a los ciudadanos y difícilmente puede soportar el coste de un secretario y un alguacil. Pero si todos los ayuntamientos de Liébana o de Campóo se institucionalizan en una comarca, está claro que el nivel de servicios aumentará y los pequeños y despoblados municipios podrán, incluso, garantizar y mantener un "status" gracias a la coordinación de los asuntos municipales más importantes a través de un consejo comarcal.

Pero la crisis municipal no es nueva, sino ya histórica, porque no se han puesto los pilares básicos para afrontar una auténtica reforma, una transformación profunda como han podido demandar los nuevos tiempos y las transformaciones que han generado, ya que la estabilidad política y social desde comienzos del siglo XIX apenas fue sentida porque la normalidad, precisamente, era todo lo contrario. Así, desde que el año 1812 se promulga la Constitución liberal de Cádiz, en la que quedan abolidos los privilegios personales y se restablece la representación de los ciudadanos en sus municipios, se puede contar por el número de fracasos los intentos llevados a cabo en España para organizar una eficaz Administración Local.

Bien puede afirmarse que circunstancias no estrictamente demográficas han dificultado de manera importante la organización de un sistema general y coherente en la Administración municipal en España. Entre ellas, la primera, sin duda, es la acusada y persistente atomización de nuestros ayuntamientos, a pesar de los intensos cambios de localización de la población española en el último siglo y medio; aún, hoy, contamos con algo más de ocho mil municipios, número que es inferior en poco más de 1.000 a los que teníamos a principios de siglo.

No así ha ocurrido con la división municipal de Cantabria, que cuenta con los mismos municipios -102 en total- que hace cien años; lo que no quiere decir que la división establecida a finales del siglo pasado se mantenga intacta porque sea ideal u óptima. Como tampoco podría afirmarse que sea una división mala. Mejor sería afirmar, como nos ofrecerán determinadas conclusiones, que la división municipal de Cantabria ya nos es lógica, porque más de una treintena de ayuntamientos están "biológicamente" muertos por el envejecimiento de sus habitantes y no tener ya tasas de reposición.

En 1846 Cantabria o la antigua provincia de Santander contaba con 115 ayuntamientos, pues a los 102 actuales se añadían los de Ongayo (hoy Suances con 1.634 habitantes); San Vicente de León y Los Llares (303 habitantes); Pujayo (294); Viérnoles (781); Riovaldeiguña (516); Argüeso (806); Rioseco (171); Los Carabeos (480); Espinama (435); Lloreda (717); Sámano (1.680); Oriñón (154); Marrón (591); y Seña con 270 habitantes. Estos municipios fueron desapareciendo entre 1846 y 1870, aproximadamente, quedando desde esa fecha los 102 municipios que existen en la actualidad.

Pero el futuro del municipio rural de Cantabria -prácticamente las tres cuartas partes del total- no puede desvincularse de su constante pérdida de población en lo que llevamos de siglo. Es fácil comprobar esa "movilidad" de la población, ya que si en 1900 el 65,6 por ciento de la población cántabra vivía en ayuntamientos de menos de cinco mil habitantes, resulta que según los datos de población de 1988, en el total de 86 municipios con menos de cinco mil habitantes solo vivían el 28 por ciento, es decir, en los 16 municipios de más de cinco mil habitantes reside actualmente más del 72% de la población cántabra.

Una pregunta inevitable surge sobre si es necesario abrir un debate en torno a la conveniencia o no de reformar el mapa municipal cántabro. Contestaré que el pragmatismo aconseja la fusión de municipios; sin embargo, el realismo nos dice que no deben desaparecer los ayuntamientos más desfavorecidos por las nuevas coyunturas y que presentan datos demográficos realmente preocupantes.

El Estatuto de Autonomía permite que el Parlamento pueda tomar medidas al respecto. Pero una reforma en este sentido es inviable por el momento y, más aún, si tenemos en cuenta que el problema puede salvarse con una eficiente comarcalización que racionalice servicios y abarate los costos, posibilitando que los ciudadanos que vivan en un modesto municipio reciban servicios considerados indispensables para estos tiempos.

Cantabria cuenta con al menos cuarenta ayuntamientos condenados a seguir perdiendo población en la próxima etapa. No hay quien pare ese descenso, por lo que su viabilidad como municipios, si no amenazada, si está en entredicho. Sin embargo, insistimos, deben sobrevivir con todas las ayudas precisas y necesarias, ya que la ciudadanía de estos municipios no está por la labor de autodisolver su propio Ayuntamiento. La vida municipal debe seguir siendo una escuela de democracia, de participación y de colaboración cívica. Y estos pequeños municipios han de mantener con orgullo su personalidad y disponer de los servicios que la vida actual ofrece a la población en los núcleos urbanos.

Es preciso, por tanto, reivindicar la puesta en marcha de la comarcalización de Cantabria para conseguir que sobrevivan numerosos municipios cántabros. Una comarcalización desde el respeto a la autonomía municipal, punto básico de cualquier política que intente reformar un territorio. La comarca debe alcanzar una función indiscutible debido a su dinámica espontánea. Esta comarca reivindicada por el elemento nacional con el fin de asumir un papel suplementario de las escaseces de los municipios, acercando al municipio y al ciudadano a aquellos servicios de otras administraciones. Así, se logrará el mantenimiento de la personalidad de los ayuntamientos, al mismo tiempo que podría proporcionar al ciudadano, bien por sí mismo o bien mediante la comarca, los máximos servicios con la máxima calidad y al mismo tiempo con un menor coste.

Cantabria sobrevive gracias al impulso y a la existencia de estos pequeños municipios. Porque es allí donde aún perduran las más viejas costumbres y tradiciones que dan identidad histórica a nuestra región. Por algo reclamamos atención a esos ayuntamientos para que no pierdan sus señas de identidad y personalidad propia.

En consecuencia, se hace necesaria una política de profunda solidaridad, reducir los actuales desequilibrios o, dicho de otra manera, la de promover sólo las acciones públicas que los atenúen o reparen. Todo esto, dentro de Cantabria, pasa, efectivamente, por una política de auténtica solidaridad.

2.- LA PLANIFICACIÓN TERRITORIAL TRAS LA DEFINICIÓN DEL MAPA COMARCAL.

Este tema viene dado, obviamente, por:

- la hipotética queja de las comarcas pobres, limitadas a un humilde y escasamente remunerado papel de comparsas.

- Y, también, la hipotética queja de las comarcas más ricas por sus múltiples necesidades y su constante reivindicación de nuevas inversiones.

Ambas quejas que nos ofrece hoy la realidad de Cantabria conducen necesariamente a un planteamiento que impida el empobrecimiento sin correspondencia, de unas, y la multiplicación de efectos irrectificables, de otras. El tema, pues, está íntimamente ligado al de la solidaridad intercomarcal. Para los expertos, el planteamiento que trataría de remediar estas situaciones extremas que padecen ciertas comarcas cántabras, ofrece dos vertientes:

- GEO-POLÍTICO: la ordenación territorial que consistiría en crear o propiciar el escenario, en disponerlo de forma que su utilización sea racional y compensada.

-SOCIO-ECONÓMICO: el desarrollo regional, consistente en llenarlo de actores que interpreten una obra conjunta, actores que no tengan que buscar otro teatro, es decir, que no se vean obligados a emigrar, envejeciéndose humanamente estas tierras al faltar la energía local en busca de otros horizontes legítimos para el necesario desarrollo de la condición humana.

La idea de una ordenación del territorio y la división del mismo en comarcas, tiene que prever todas las necesidades infraestructurales globales, los usos generales del espacio, la conservación de la naturaleza y su recreación cuando haga falta, en resumen, una planificación comarcal que ha ido ganado fuerza en la sociedad como exigencia del urbanismo que no termina abruptamente en las puertas de las ciudades: el urbanismo es algo más que construir casas y que abrir calles. El urbanismo es un capítulo de un tema más amplio, el del equilibrio entre el medio rural y el ciudadano, el de la ordenación territorial.

Estos son algunos de nuestros retos y, consecuentemente, demandas a los poderes públicos del autogobierno ya que hemos de prever los usos y aplicaciones de un espacio regional que se llama Cantabria, para relanzarla en el desarrollo equilibrado y alcanzar mayores cotas de prosperidad para nuestro pueblo.

Hagamos a continuación unas reflexiones sobre la Ley de Comarcas, tan desconocida y tan ignorada a efectos prácticos por los municipios de Cantabria y sus responsables de gobierno. Una ley en la que defendimos varios principios que parte de la siguiente reflexión que puede encontrarse en la página 21 de mi libro "La Comarca en la Autonomía de Cantabria", editado en 1988, y que dice:

"Toda división comarcal que se promueva para Cantabria podrá o no coincidir con las comarcas geográficas, económicas o de otro tipo, pero la característica básica de la comarca que reivindicamos para Cantabria es la de ser una entidad territorial institucionalizada, con personalidad jurídica plena, con derechos y obligaciones, con medios técnicos, administrativos, financieros y, evidentemente, con órganos políticos".

Cumplidas, para mi satisfacción estas exigencias para que Cantabria cuente con una buena Ley de Comarcas y con la satisfacción de haber sido ponente en su redacción, destacaré los siguientes principios:

1.- La creación de cada una de las comarcas se realizará por Ley del Parlamento, es decir, a partir de que exista acuerdo de esa voluntad por los municipios que constituyan la misma; ley que determinará su denominación, ámbito territorial, funcionamiento y sede de sus órganos de gobierno, que serán representativos de los Ayuntamientos que las formen, así como las competencias y recursos económicos propios de las mismas. La potestad de la creación de las comarcas reside, pues, en el Parlamento, pero para que el Parlamento apruebe esa ley específica tiene que contar con el beneplácito de los municipios. La creación de las comarcas no exigirá su generalización a todo el territorio de la Comunidad Autónoma mientras no se haya producido la comarcalización del 70 por ciento del territorio de la Comunidad.

2.- El artículo 9 recoge las competencias propias de las comarcas, que van desde la ordenación del territorio, protección del medio ambiente hasta la cultura, deportes, patrimonio histórico, transportes, residuos sólidos y aquellas otras que, por interés general, puedan ser ejercidas en el futuro por la comarca. También podrá asumir competencias delegadas por la Comunidad Autónoma cuando, por sus características, no requieran unidad de gestión ni su ejercicio directo.

3.- Se crea el Consejo Comarcal cuyos órganos si el pleno, el presidente, los vicepresidentes y la Comisión Especial de Cuentas. En este Consejo estarán representados todos los ayuntamientos a través de los partidos de forma proporcional a su representación electoral.

4.- La comarca como un ayuntamiento de ayuntamientos tendrá sus propias cuentas públicas y se podrá beneficiar de un plan de inversiones comarcal, con una selección de prioridades y objetivos que con una vigencia de cuatro años será financiado por el Gobierno de Cantabria, existiendo, además, un plan de fomento de la comarcalización al que, por el momento, no se han acogido los municipios que apostando por esta fórmula territorial forman comarcas naturales muy específicas, como Campóo, Liébana, Trasmiera o Nansa.

En definitiva, una ley que lamentablemente no se está desarrollando, mucho nos tememos porque desde el Gobierno de la Comunidad Autónoma no se tiene interés - quizás por mantener un control de clientelismo político sobre los municipios de tan nefastas consecuencias - y, sin embargo, es de vital importancia ante la crisis de los pequeños municipios y la necesidad más acuciante de comarcalizar servicios para que todos los ciudadanos, sean de la ciudad o del mundo rural, tengan los mismos derechos.

Somos, pues, muy críticos con ésta y otras inhibiciones de las instituciones cántabras en adelantarse a dar soluciones a los problemas y que no éstos, cuando están en situación límite, impongan las soluciones, muchas de ellas o, todas, con peores efectos que en el momento que se detectaron los problemas y deficiencias. Somos conscientes de que la organización territorial en general y, en concreto, la configuración de la comarca, es obviamente un tema complejo, debido a la incidencia de cuestiones de ámbitos distintos: jurídicos, institucionales, económicos, demográficos, etcétera, pero siempre quedará claro que se trata de una cuestión con un contenido político indudable que requiere, por lo tanto, una decisión de este calibre.

Algunos pueden pensar, sobre todo los detractores a falta de otros argumentos, que la comarcalización provoca más burocracia, frente a cuyas tesis defendemos que la comarca dentro de la organización territorial cántabra no tiene que ser un elemento que aumente irreflexivamente los niveles de la organización administrativa, sino que tiene que ser un ente con vocación de simplificación, de dinamicidad y de mejora y acercamiento de los servicios a sus destinatarios, además de apoyo de la acción municipal o de superación de sus insuficiencias, respondiendo a las exigencias de la sociedad y de una administración moderna.

Precisamente porque la comarca tiene funciones importantes que desarrollar en este siglo XXI, las nuevas realidades demográficas, urbanísticas, sociales, de prestación de servicios y jurídicas, demandan esta estructura territorial avalada por los estudios de acreditados especialistas y que tiene plena vigencia en países más pujantes que el nuestro - Reino Unido, con los condados o, en Alemania los Kreis - y en Comunidades Autónomas que han sido siempre vanguardia en asumir los retos con previsión y eficacia en la gestión con un horizonte de años.

Observamos, por tanto, que se habla y se escribe con frecuencia de las comarcas, pero a la hora de la verdad nunca hemos visto comarcas funcionando en objetivos supramunicipales cuando ya hay una ley con casi tres años de vigencia. A este respecto, debemos ser sinceros: nadie habla mal de la comarca; la comarca encuentra en un ámbito como éste, en cualquier foro, paladines encendidos; pero a la hora de la realidad, cuando ya no se habla de planteamientos teóricos sino de comarcas concretas, de su puesta en marcha, cuando el mecanismo de constitución está previsto y vigente, entonces los paladines enmudecen y con frecuencia se convierten en enemigos de esta fórmula territorial de vital importancia que ofrece, sin duda, nuevas perspectivas para ofrecer soluciones realistas e imaginativas a la crisis demográfica de nuestros municipios del interior.

Me queda, pues, desde esta tribuna y desde este Valle de Polaciones hacer un llamamiento público a las autoridades locales de los municipios de Liébana y Campóo, como comarcas históricas, geográficas y naturales, sin problemas de límites ni de identidad, para que pongan en marcha los mecanismos de la ley y estructuren la comarca en beneficio de los ciudadanos, de la vida de nuestros municipios afectados por una profunda crisis demográfica y en favor de una reafirmación de la identidad histórica que nuestras comarcas aportan a la idea de Cantabria.

Termino agradeciéndoles su presencia y a la organización esta invitación para exponer una serie de reflexiones más o menos trascendentes que puedan abrir un debate. Es de lo que se trata. Abrir un foro de pensamiento sobre el futuro de Cantabria, de sus municipios, sobre la comarca; en definitiva, sobre el progreso de nuestra tierra, que inspira nuestros más nobles sentimientos de patriotismo y amor a la tierra de nuestros antepasados.

Muchas Gracias.