Torrelavega merece mejor estilo
El futuro de la ciudad pasa por el trabajo bien hecho de quienes gobiernan y el ejercicio libre, tolerante y positivo de la crítica. Las amenazas de López Marcano hacia los responsables de la Cámara de Comercio responden a criterios negativos de prepotencia y chulería no deseables.
Pensaba escribir esta semana sobre el importante incremento de la deuda de la Comunidad cántabra -más de seis mil millones de pesetas en el último año, según informe del Banco de España- mientras que los ciudadanos no percibimos en qué se ha invertido/gastado, cuando escucho en la radio unas declaraciones del alcalde de Torrelavega, señor López Marcano, que en un estilo no deseado, anuncia que pasará "factura" a quienes desde la Cámara de Comercio e Industria han criticado la, hasta ahora, infructuosa gestión municipal. He reclamado el texto del discurso condenado desde el Ayuntamiento y he percibido que la entidad cameral mantiene unas formas institucionales correctas, los contenidos expuestos por su presidente son exquisitos y, ciertamente, no entiendo cómo el señor alcalde no acepta con un talante correcto unas críticas positivas, cuando debiera agradecerlas por tolerancia y simple salud democrática y, sobre todo, por responder a la responsabilidad de unas funciones institucionales de las Cámaras de Comercio que las leyes asignan a estas entidades tan eficientes a lo largo de los dos últimos siglos. Finalmente, me he inclinado por abordar este último tema, pues tiempo habrá para analizar con extensión el incremento no justificado de la deuda cántabra, un asunto que provocó ríos de tinta en legislaturas anteriores.
Suscribo la tesis de que una opinión mayoritaria de ciudadanos no entiende que desde una institución democrática y la titularidad de un puesto de responsabilidad como la alcaldía de una ciudad, se puedan lanzar amenazas que si, inicialmente, no tienen encaje en nuestro contexto, aparecen igualmente como incorrectas y de escasa educación en el ambiente, estilo y tolerancia de una sociedad democráticamente avanzada como la torrelaveguense. El poder sea estatal, autonómico o municipal no puede ser ciego, ni cerrar sus oídos a lo que opinan los ciudadanos o, como en este caso, a las inquietudes de una institución como la Cámara de Comercio e Industria que viene proyectando un modelo de comportamiento institucional, que no queda empañado porque de vez en cuando se expresen desde sus órganos quejas y decepciones. ¡Como no va a opinar la Cámara sobre la situación industrial y comarcal de la ciudad e, incluso, de la propia Comunidad Autónoma cántabra, si precisamente fue creada para defender sus intereses!. No hacerlo significaría negar la propia existencia de esta entidad y condenarla al parasitismo.
De la lectura del discurso del Presidente de la Cámara de Comercio e Industria -hace unas semanas comentaba en estas mismas páginas el del titular de la de Santander, bastante crítico con determinadas negligencias del poder regional-, se desprende que esa institución centenaria que es la Cámara tiene la impresión de que no se han generado los suficientes esfuerzos del equipo de gobierno (PP-PRC) para crear el necesario polígono industrial (ahora se prometen hasta dos, cuando seríamos dichosos con tener culminado el que desde hace tiempo se viene anunciando); que empresas foráneas con intención de invertir han buscado otros escenarios por falta de suelo; que el comercio está en situación comprometida; en definitiva, se ha estimado desde la Cámara que faltan proyectos, planes estratégicos y ambiciones. El discurso debió afectar a la fibra emotiva de los asistentes ya que el aplauso fue largo y cerrado, circunstancia que indica que los asistentes se identificaron plenamente con lo que acababan de escuchar, incluso ese aplauso caluroso llegó desde algunos colaboradores próximos al señor alcalde. Ya digo que el discurso al que he tenido acceso está construido con palabras educadas y razonables -que no dudo se sostienen en conclusiones constructivas- del presidente de una institución que, curiosamente, tiene la obligación de recordar y animar el cumplimiento de compromisos de los gobernantes municipales, que con un poco de capacidad e ilusión ya debieran de estar ejecutados. Y esto es así o, al menos, así lo entiendo, que un presidente de una Cámara de Comercio e Industria reclame realidades y no vagas y viejas promesas que afectan, precisamente, a estos dos sectores tan dinámicos, históricamente, en Torrelavega como son la industria y el comercio.
El valor institucional de la Cámara le evoco recordando que fue el viejo liberal don Florencio Ceruti, Barón de Peramola, alcalde de la ciudad en tres ocasiones en la primera década y media del siglo XX, quien alentó con otros no menos ilustres torrelaveguenses, la constitución de la Cámara de Comercio. Realizaron muchos viajes a Madrid para lograr tal objetivo y, en aquella etapa de bastante "caciquismo" local y donde los alcalde eran nombrados no por el pueblo sino mediante Real Orden, sin embargo, aportaron sus energías para que Torrelavega contara con una nueva institución que representara aire fresco en el logro del progreso económico, al tiempo que se sumara como parte activa de las fuerzas vivas a todas las iniciativas que surgieran de la institución municipal. A este mandato ha sido fiel el actual presidente de la Cámara de Comercio que desde su obligada independencia y en defensa de los intereses económicos de la ciudad, ha dejado sentir su voz crítica pero positiva, que gustará más o menos, pero que es respetable no sólo por la persona que en cada momento asume la representación democrática de este cargo, sino por el significado de esta centenaria institución en la que no se hace política, sino que se impulsa la sana y positiva costumbre de reclamar y alentar el progreso de la ciudad. Y digo que no se hace política a pesar de que el actual alcalde, como candidato en su momento, ya se interesó vivamente por encontrar apoyo de la Cámara, echando sus redes y llevando en su candidatura al vicepresidente primero al que ahora obliga a dimitir, favor que la Cámara debe agradecer si no tuviera otras intenciones no confesables ya que sus órganos rectores se alejan así de otros compromisos públicos que no sean lo de representar exclusivamente los intereses económicos.
No es bueno, por la institución y defensa de la tolerancia, que se pierdan las formas y que en este inmenso error caiga un alcalde que debiera, cuando habla, pensar un poco menos en su "yo" y algo más en la representación que ostenta en nombre de los torrelaveguenses. La educación, el protocolo, el saber estar y comportarse, el no perder las formas y el someterse voluntariamente a la crítica, son virtudes innatas del buen comportamiento público e institucional de una autoridad que deben ejercerse a través de un estilo intachable y no prepotente. No es, precisamente, el sillón de una alcaldía una tribuna desde la que se pueda amenazar a los ciudadanos discrepantes o, a representantes democráticos de instituciones con un largo historial en aportaciones positivas en favor de la comunidad. Por el contrario, el papel a jugar es el de conciliar, aceptar la crítica honesta y responsable y corregir, si existieran, actuaciones equivocadas. En una palabra, integrar en defensa de los intereses de la ciudadanía todas las aportaciones -incluso las de los discrepantes más críticos-, que con buena voluntad se sumen al objetivo -que no debe ser personal sino colectivo- de alcanzar una ciudad mejor.
La crítica de la Cámara de Comercio ha reflejado solo unos pocos problemas, aunque tengan una cierta dimensión de agobiantes para el necesario desarrollo de la ciudad. No se refirió el informe a la falta de un plan estratégico global a quince o veinte años -indispensable para gobernar con proyección de futuro- o, a problemas menores pero significativos, como un tráfico peor que nunca o, la eliminación de aparcamientos que directamente repercute en el comercio y los servicios. Podía haber sido hipercrítico sólo recordando aquél denominado "Plan Torrelavega 2000" que defendieron Revilla-Marcano en los inicios de los años noventa y en el que prometieron volcar en Torrelavega miles de millones de pesetas, promesas que como la del túnel de la Engaña se llevó el viento. Lo mismo podría decirse de las viviendas sociales prometidas en 1995 (de las que mil correspondían a Torrelavega) y seis años después apenas se han construido un centenar. Y, así, seguir contando las promesas, los engaños, en resumen, la demagogia de unos dirigentes que se creen artífices de la poca riqueza creada en los últimos años, como si la sociedad no la hubiera generado con su esfuerzo y trabajo. En fin, fue generoso el presidente de la Cámara en su crítica, aunque prudente en los reconocimientos, porque habría sido justo afirmar que este gobierno municipal no repara en gastos para festejos, de tan fácil montaje y organización frente a lo realmente comprometido y difícil como es proyectar e impulsar un futuro para la ciudad, que es lo único que garantiza un mayor nivel de bienestar en favor de los ciudadanos.
Estimo que hay que respaldar al presidente de la Cámara de Comercio por expresar las preocupaciones, que son generales, de la institución que representa. Un camino fácil y cómo para quién temporalmente ocupa este cargo sería el de la inhibición o, las palabras de cortesía con el fin de cumplir el trámite, pero así no se defiende el interés general, ni tampoco se cumple con las responsabilidades que voluntariamente se han asumido. Entendemos que no es agradable recibir amenazas por cumplir con el deber, cuyo cumplimiento, por cierto, exige a la Cámara y a sus representantes informar a los ciudadanos sobre cómo van los asuntos del comercio y la industria, aunque serían igualmente enriquecedoras sus opiniones sobre otras facetas de la vida local. No son tiempos éstos de mordaza y, menos de amenazas, pero ahí está la ira de don Francisco Javier dirigida especialmente para el supuesto patrocinador del discurso del presidente, acusación que no debe tomarse en serio cuando quien protagoniza la amenaza no es capaz de proponer sobre la mesa el nombre, si existiera, de tan "osado" mensajero que ha cometido la grave "falta" de incordiar el soberano gobernante.
No es agradable encajar estas situaciones cuando acabamos de estrenar siglo y milenio en la noble y tolerante ciudad de Torre-La-Vega, nombre que gustaba deletrear de esta manera al recordado maestro don Victor de la Serna. Me atrevo a pronosticar que el responsable, el co-responsable, el autor y co-autores de la crítica a nuestra primera autoridad serán sólo castigados a un cierto desprecio institucional y, acaso, también personal. Casi nada; en todo caso comparable con el trato recibió un servidor, que por ejercer sólo un poco el deber sano y cívico de la crítica, me castigó con su desprecio de negarme la paz cristiana en nuestra iglesia católica y centenaria de La Asunción. Los testigos de semejante acto -no se si calificarle de teatral o la reacción de ese niño soberbio que no quiere jugar con los que le pueden disputar y ganar la carrera, aún no han salido de su asombro ante semejante acto "misericordioso" de nuestro alcalde. Ocurrió en la tarde noche del 23 de septiembre de 2000, día del 75 aniversario de la Coral, en la misa cantada por esas magníficas voces que elevan el ¡Aleluya! más impresionante que he escuchado hacia la cúpula de esa iglesia con aires de catedral que construyó don Ceferino Calderón entre 1892 y 1901. En fin, el siglo acaba de comenzar y la prepotencia no es un tick fácilmente diagnosticable.
ALERTA 06.01.2001