Torrelavega, ¡que huérfana te dejan!
Cuando una comunidad puede perder algo significativo hay que estar al pie del cañón y no tomar las de "villadiego". No lo hacían ni los alcaldes "a dedo", pero tampoco aquellos heróicos ediles que sin percibir una sola peseta - y el actual cuenta con una remuneración récord en la historia local - se quedaban a dar la cara y a romperla si era necesario por el bien de la ciudad.
"Torrelavega, ¡que huérfana te dejan!.Con esta exclamación reaccionó unánimemente la prensa torrelaveguense del siglo XIX cuando, una vez más, perdía alguna posibilidad de futuro e intuía o constataba que fuerzas extrañas, siempre emplazadas en la capital, Santander, abortaban algún proyecto de interés ciudadano, lo que ocurrió no solo en una ocasión sino que en las columnas de esa prensa se pueden encontrar numerosas situaciones en las que Torrelavega quedaba desasistida e indefensa.
Hace ya algunas semanas advertía de la posibilidad de que Torrelavega perdiera un patrimonio deportivo importante, lo que definitivamente se ha consumado. Concretamente escribí que "perder para siempre que la ciudad esté en la máxima categoría nacional del baloncesto, sin convocar siquiera una reunión para intentar buscar soluciones, demuestra una inexplicable dejacción en la defensa de los colores de la ciudad". Esta era una de las afirmaciones que se destacaban en uno de mis artículos que en el verano que ha finalizado he dejado escritos en este diario sobre lo que se ha confirmado como noticia triste para el deporte cántabro y Torrelavega, ciudad, por cierto, que siempre ha tenido un importante potencial deportivo que está, hoy, en franco deterioro.
La caída deportiva de Torrelavega es algo que puede evaluarse en el primer año de triunfal gestión en palabrería y despilfarro de los dineros públicos del actual responsable de los intereses de la ciudad. Me refiero conscientemente a "intereses" porque cuando esta ciudad se ha jugado algo significativo - su ser o no ser en la máxima categoría del baloncesto - el titular de la cosa pública ha cogido el avión para acudir a eventos deportivos de alto nivel en el continente australiano. No sabemos si a cargo de ese generoso capítulo de gastos corrientes y, por tanto, improductivos en los que este munícipe nos está empeñando a los ciudadanos.
Ni los más viejos del lugar recordarán que en un momento clave en el que la ciudad se ha jugado un interés positivo determinado, el alcalde de turno haya optado por tomar las de "villadiego", abriendo, nada menos, que una brecha de veinte mil kilómetros con la ciudad que preside. No lo hacían ni los alcaldes "a dedo", pero tampoco aquellos heroicos ediles que sin percibir una sola peseta - y el actual cobra una cantidad récord de la historia local -, se quedaban al pie del cañón y a dar la cara, incluso a romperla por el bien de la ciudad. Eran ejemplares. Para ellos lo primero era el deber y después el ocio y la fiesta, demostrando que en responsabilidad y pasión por Torrelavega debían dar ejemplo.
Me preguntarán si lo del baloncesto ha tenido solución desde Torrelavega. Digo que sí; ahora bien, conjugando pasión, voluntad y un poco de esfuerzo, que es lo mínimo exigible a un responsable público que al desempeñar simultáneamente el puesto de alcalde, diputado del Parlamento y consejero de una entidad de crédito, ha tenido todas las opciones a su alcance para haber sacado adelante una solución. El problema es que, si además de ostentar tantos cargos y de tener la responsabilidad de encabezar el empeño, se hace dejación de la influencia y el poder, se coloca en la cola de la manifestación y, por último, en los días del desenlace final pone tierra por medio. Es entonces cuando el final es el desastre, pero eso no es lo que se merece una ciudad como Torrelavega, que ha gozado históricamente de un prestigio deportivo superior a sus posibilidades y a su demografía.
No soy un gran aficionado al baloncesto, pero soy consciente de que una comunidad para que tenga autoestima, necesita contar con una vía deportiva que genere y encauce pasiones. Lo han conseguido otros pueblos y ciudades que luchan lo indecible para mantener lo que tanto costó alcanzar y, sin embargo, en el caso de Torrelavega, se ha dilapidado. Apuntar responsabilidades nos llevaría tiempo y es posible que cada ciudadano pueda tener una apreciación personal desde todo punto de vista respetable. Pero en lo que coincidiremos es que un alcalde, como máxima autoridad, debe velar para que su ciudad no de un paso atrás y que lo que se ha ganado a pulso se conserve y se engrandezca. Más, todavía, si se trata de un deporte y de un éxito de 1997 que significó mucho para que psicológicamente Torrelavega levantara algo la cabeza de su larga y sufrida crisis.
La identidad de una comunidad está en su historia y en estos tiempos esa identidad se expresa con frecuencia a través del deporte y de los éxitos que puedan alcanzarse. Identidad y euforia torrelaveguense pudo provocar el fracasado ascenso de la Gimnástica, como había ocurrido en 1997 cuando se alcanzó el ascenso en baloncesto. Hago este razonamiento para insistir en la necesidad de articular políticas que identifiquen a una ciudad, que permitan expresar su identidad y un legítimo orgullo ciudadano que, sin duda, surge a través del deporte. Ahora bien, el fracaso viene cuando se intenta politizar el deporte y controlar y monopolizar los triunfos deportivos, operación en la que la debilidad y el oportunismo de algunos les llevan, como es el caso de Torrelavega, a descartar para la actividad deportiva a quienes no son gratos o no manejables políticamente. Es lo que ha ocurrido recientemente con un responsable eficaz del atletismo torrelaveguense que ha tenido que ponerse a trabajar en otro municipio limítrofe porque no era de la causa política de quién prefiere - y a los hechos hay que remitirse - que el deporte caiga para finalmente controlarlo con personas sometidas a una disciplina política concreta.
"Torrelavega, ¡que huérfana te dejan!. Es la expresión de cabreo de aquellos torrelaveguenses del siglo XIX y principios del presente, que reaccionaban ante lo que consideraban un daño a la ciudad y a sus intereses. No es que el baloncesto sea vital para el bienestar de los ciudadanos. No es eso lo que quiero expresar. Pero como identidad, como algo que habíamos ganado a pulso, que desaparezca un club en la máxima categoría española es, al menos, una pérdida de patrimonio para la ciudad. Por eso hemos perdido todos, mientras el señor alcalde se encuentra en las antípodas de Cantabria.
(ALERTA 23.9.2000)