Las Cajas ante el tercer milenio (1)

ORIGEN Y VIGENCIA DE LAS CAJAS DE AHORROS

 

Los procesos de concentración en Estados Unidos - con la absorción de entidades financieras locales - está provocando dos consecuencias inmediatas: la desaparición de sucursales en pequeñas poblaciones y los problemas, cada vez más serios, que familias de escasos recursos o minorías étnicas, encuentran para acceder a un crédito de vivienda. En España esta situación se evitará mientras existan las cajas de ahorros que en 1998 han concedido el 52 por ciento del crédito hipotecario.

Recientemente se celebraron en Santander, organizadas por la Comisión del Centenario de Caja Cantabria, unas jornadas de debate con el sugestivo título "Las Cajas de Ahorros Españolas ante el Tercer Milenio" que dieron pie a una serie de conclusiones que analizaremos en días sucesivos. Son tres los temas que vamos a abordar en estos artículos centrados en estas entidades cuya última estadística nos da idea puntual sobre su fuerza y protagonismo en la sociedad española de finales del siglo XX: cuentan con 40 billones de pesetas de depósitos, tienen la confianza de más de treinta millones de españoles con un total de 44 millones de cuentas y se expanden por todo el territorio nacional con 17.601 oficinas y 21.509 cajeros automáticos. Sus orígenes, presente y futuro, y el protagonismo territorial de una Caja como la de Cantabria ocuparán nuestra atención.

Una buena parte de las cajas surgieron en los finales del siglo XIX y comienzos del actual, con el fin de prestar auxilio a las clases más necesitadas, tal como lo narran los periódicos de las capitales de provincia donde se fundaron. Acudiendo al ejemplo cántabro, la Caja o Monte de Piedad nace gracias a una combinación de factores: el donativo de un industrial, la vocación social de un gobernador civil y la necesidad de dar respuestas a la gran depresión del 98 que en Cantabria fue más aguda al paralizarse toda la actividad de su puerto. En la entonces provincia de Santander existían en 1898 un centenar de establecimientos denominados "de usura", que aprovechándose de muchas necesidades generaban, con frecuencia, situaciones de mayor miseria familiar. Esta estructura usurera vió amenazada seriamente su existencia con la fundación del Monte de Piedad, cuya primera medida fue establecer un tope del seis por ciento anual de interés, cuando en las casas de usura los intereses alcanzaban porcentajes nunca inferiores al cincuenta por ciento y terminaban dejando en la ruina a muchas familias. Por otra parte, los bancos existentes en aquella época operaban únicamente con la sociedad más privilegiada, sin opción alguna para las clases populares.

Aunque se van a cumplir próximamente tres siglos de la fundación del primer Monte de Piedad en España, las cajas siguen teniendo una dimensión popular que se percibe especialmente en su vinculación al territorio y su presencia en la gran mayoría de los municipios de la comunidad con la que se comprometen, lo que no ocurre con otras entidades que fijan su presencia en aras de unos determinados ratios de rentabilidad. Las familias que viven en pequeños municipios y localidades de España tienen gracias a las cajas una oficina en la que realizar sus operaciones y guardar sus ahorros. Este dato tiene su importancia para miles de familias que viven en la España rural y, en ocasiones, marginadas en cuanto a hábitat de vida y servicios. Las cajas fieles a su compromiso fundacional han realizado esfuerzos importantes para estar donde no llegan los servicios financieros de los bancos.

Al hilo de estas consideraciones podemos analizar las consecuencias que en otros países está provocando la falta de establecimientos equivalentes a las cajas de ahorros españolas, al ser absorvidos por entidades financieras de mayor ámbito. Esta reflexión es importante porque también se han conocido efectos concretos en alguna provincia española que ha visto desaparecer, por efectos de una fusión regional de cajas, su histórica entidad. El mejor exponente de estas nuevas inquietudes ha sido tratado un reciente artículo de dos economistas de la Reserva Federal Norteamericana, que en sus reflexiones destacan los efectos negativos de procesos de concentración que están teniendo lugar en Estados Unidos. Dos consecuencias se han dado automáticamente: la desaparición de surcursales en pequeñas poblaciones y los problemas, cada vez más serios, que familias de escasos recursos o minorías étnicas encuentran para acceder a un crédito de vivienda, que es un derecho constitucional, muy consagrado, en la nación americana. Estos son problemas nuevos, inquietantes, que comienzan a detectarse allí donde desaparece por absorción una pequeña o mediana entidad financiera local.

Precisamente en su apoyo a la vivienda el papel de las cajas es decisivo en España como grandes financiadores, alcanzando el 52 por ciento de los créditos concedidos, lo que invita a esta pregunta: En una España hipotéticamente sin cajas de ahorros, ¿asumirían los bancos este protagonismo de carácter tan social sobre el derecho de las familias a acceder a una vivienda digna, por cierto un derecho constitucional?. En los años veinte las cajas ya iniciaron la gran operación de promover las llamadas casas baratas que significaron un paso adelante para amortiguar el siempre presente problema de la vivienda. Hoy, puede demostrarse que las cajas acaparan el crédito hipotecario en España, que en 1998 representó la tercera parte del Producto Interior Bruto. Esto hace que las cajas estén muy cerca de la problemática de las familias, contribuyan al desarrollo de las pequeñas y medianas empresas de corte familiar y que el crédito bancario llegue a segmentos sociales que, si no existieran las cajas, no tendrían las mismas prestaciones al sufrir situaciones de "exclusión financiera".

La presencia y protagonismo de las cajas en España desde el punto de vista de acceso al crédito por las clases populares parece incuestionable. El profesor Fuentes Quintana lo dijo con rotundidad en las jornadas de Santander: "forzar la privatización de las Cajas sería un error histórico y significaría una regresividad en la distribución del crédito en España". Es decir, sin las cajas el sistema financiero español sería menos justo, menos eficiente y probablemente menos competitivo.