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Cuando Carter habló de Cuba en Cantabria |
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El
ex-presidente americano aprendió el castellano para visitarnos y en su
conferencia en Santander ya demostró su interés en aportar salidas de diálogo
y convivencia democrática en la isla.
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El 16 de mayo de
1998 visité al ex-presidente americano, Jimmy Carter, en la sede de la
Fundación que lleva su nombre en Atlanta (Georgia) para tratar su viaje a
Cantabria con motivo del Centenario de la Caja. Fue un encuentro
de los que dejan huella para siempre al estar ante un personaje que
si fue poderoso en lo político en sus cuatro años de presidencia, en las
últimas dos décadas viene siendo un campeón en la defensa de los
derechos humanos y en la promoción de proyectos de solidaridad en el
Tercer Mundo, especialmente en África. Durante casi una hora –en
presencia de Jesús Pindado y de Juan Carlos Sordo- dialogamos sobre
muchos asuntos y, en especial, del apoyo que Carter, como presidente
americano, ofreció a España al coincidir los inicios de su etapa
presidencial con el desarrollo de los principales retos de la transición,
como la convocatoria de las primeras elecciones democráticas. Concretamos
su viaje a Cantabria para los
primeros días de octubre, después de fijar sobre un mapa de España una
serie de visitas a capitales de provincia, camino de Madrid, donde sería
huésped de honor de los Reyes de España con motivo de la fiesta nacional
del 12 de octubre. Habíamos
elegido a Carter como personalidad internacional
del Centenario de la Caja por su biografía de hombre de paz,
defensor de los derechos humanos –su elección fue un contratiempo para
dictadores como Pinochet- y su dimensión solidaria a través de la
Fundación Carter una vez que abandonó la Casa Blanca. Los comentaristas
políticos americanos reconocen que perdió las elecciones frente a Reagan
por su proyección pacifista y negarse a abrir una guerra con Irán, a raíz
de que el régimen de Jomeini tomara como rehenes a funcionarios de la
Embajada USA en Teherán. Para el viaje a Cantabria, la Caja aportó
treinta mil dólares que se destinaron íntegramente a una de las causas
solidarias de la Fundación Carter en África, concretamente para luchar
contra una enfermedad que en España fue erradicada hace casi cien años. Carter
llegó a Cantabria el 1 de octubre, el mismo día que cumplía setenta y
cinco años. Fue una visita trabajada a efectos de seguridad -los
ex-presidentes tienen un status especial, especialmente cuando viajan
fuera del país- y su visita, por imperativo oficial, movilizó a un
contingente de no menos cincuenta personas del servicio secreto americano.
Todo ese operativo de seguridad contrasta con la forma de ser del
presidente Carter, un hombre
sencillo y amable, cualidades de su personalidad que automáticamente
ganan a su interlocutor. Aún recuerdo que en su despacho de la Fundación
en Atlanta, tras aceptar oficialmente venir a Cantabria y concretar su
conferencia sobre el ahorro y la familia, el mandatario americano nos
confesó que desde esa noche intentaría aprender el castellano leyendo la
biblia. Mi propósito –dijo- es pronunciar en vuestra lengua mi
conferencia. Dicho y hecho, pues su conferencia en el centro cultural
Modesto Tapia la leyó en español y en nuestra lengua dialogamos desde
que llegó a Parayas. Recuerdo que tras divisar la bahía desde el hotel
Real, le pregunté sobre la impresión que le ofrecía aquél marco de
belleza. Lo pensó y primero avanzó que la vista le parecía admirable;
corrigió de inmediato, buscando una afirmación más rotunda. Fue cuando
dijo que era una vista única.
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Seis
horas antes de pronunciar su conferencia, me entregó el texto tras un
almuerzo en el Marítimo. Me interesó conocer, de inmediato, su contenido
y ante él repasé con rapidez visual algunos conceptos. Me llamó la
atención una referencia sobre Cuba y la necesidad de abrir diálogos y
relaciones desde su país con el régimen de Castro. Me satisfizo esta
referencia, que era la visión de un demócrata perfectamente compatible
con la defensa de los derechos humanos en la querida y amada última
tierra española en América. Hablamos de Cuba y me pidió mi opinión.
Recuerdo que le comenté que entendía que España debía defender y
liderar una transición democrática en la isla, desde una proximidad y
aliento sin complejos, distanciándose de las posturas radicales de
bloqueo de los Estados Unidos. En un resumen de prensa que preparé sobre
los contenidos de la conferencia de Carter, destaqué esta visión alejada
de los halcones americanos; sin embargo, me llamó la atención que al día
siguiente la prensa no reparó, en gran medida, en su alusión a la
situación cubana y su contexto internacional. La
visita de Carter a La Habana es un halo de esperanza tanto para el
conjunto de la población que está sometida a un bloqueo absurdo e
injusto, como para quienes de forma convincente defienden en la isla los
derechos humanos y con cuyos nobles propósitos nos solidarizamos desde
aquí. La reacción de Bush al viaje de Carter ha sido anunciar medidas
para endurecer el bloqueo que coinciden con la aprobación del mayor
presupuesto de defensa de la historia, unos recursos que multiplican por
diez el presupuesto necesario para reducir a la mitad la pobreza en el
mundo. Algo bochornoso si tenemos en cuenta que solo el presupuesto de la
fuerza aérea supera los presupuestos que destinan todos los gobiernos
africanos a la educación infantil. A esta espiral de locura se contrapone
esta actitud humanitaria y activa en la defensa de los derechos humanos
que impulsa Carter, un presidente que en su mandato Estados Unidos y Cuba
acercaron posturas con la apertura de una oficina en La Habana y, como
otro dato elocuente, liquidó la licencia de la CIA para asesinar. Ahora,
en Cuba, puede abrir vías de diálogo en los últimos años de Castro
para que exista una transición pacífica en un país que siendo
deficitario en derechos humanos, mantiene para su población unos derechos
sociales –sanidad y educación, preferentemente- que no tienen la mayoría
de las naciones americanas de habla española. No puedo finalizar estas reflexiones sin recordar a tantos montañeses y cántabros que emigraron a Cuba, muchos de los que con el paso del tiempo y los acontecimientos vieron marchitadas sus esperanzas, como también perdidas sus propiedades, queriendo evocar la trascendencia histórica de la Sociedad Montañesa de Beneficencia que acogió en su seno tantas ilusiones y recuerdos sobre la patria cántabra en cuantos viajaron a la isla en busca de mejores horizontes. Desde el deseo compartido con tantos de que Cuba alcance en paz la convivencia democrática que precisa para encarar su futuro, recuerdo un poema del poeta cubano El Cucalambé que en una tarde de mojitos en aquellas charlas del Hotel Inglaterra, frente al monumento a José Martí, me dio a conocer un montañés de Udías, don José Manuel Fernández de la Cueva, que presidió a los montañeses en La Habana hasta su muerte en 1995, cuya letra jamás olvidaré en honor de él y de los cántabros de Cuba: Mi sol es como tu solALERTA 15-05-2002
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