El
carácter montañés y cántabro en la obra de
Pereda. Una visión desde el siglo XXI.
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Señor Alcalde. Miembros de la Corporación, Amigos todos: Representa para mi una inmensa satisfacción hablar ante ustedes, desde una visión muy personal en la que prima mi identidad y pasión por la obra de Pereda, por encima del análisis crítico y riguroso, trabajo que no está a mi alcance, sobre el papel y protagonismo de nuestro insigne escritor en el conjunto de las letras españolas. Consciente del riesgo ya que solo me considero un enamorado de mi tierra natal y, por tanto, un seguidor incondicional de quién mejor la ha interpretado a través de las letras, no he querido rehuir este encargo que no tiene más mérito que escribir de vez en cuando de don José María de Pereda - antes y después de nuestro autogobierno - con el sano intento de que la llama de lo nuestro, el amor por lo nuestro, lo cántabro, la identidad común, prenda no solo en los sentimientos sino en las formas de actuar, de comportarnos, de proyectarnos y de ejercer como pueblo. Desde esta declaración de intenciones, representa un alto honor la confianza que me otorga el Ayuntamiento de Polanco al invitarme a este ciclo de conferencias en un tiempo que discurre entre la entrega del título de Hijo Adoptivo de Polanco a don Anthony H. Clarke, estudioso impenitente de la obra de Pereda, ejemplo de valores y de amor a nuestra tierra desde su lejana identidad natal, y la entrega en las próximas semanas del Título de Hijo Predilecto a título póstumo a don José María de Pereda. Dos hechos institucionales que todos aplaudimos y que celebramos porque se trata de reconocimientos que, obviamente, surgen de la unanimidad de la institución municipal y que representan el agradecimiento, por un lado, hacia quién tanto prestigio ha dado a Polanco, a Cantabria y a España, como el también reconocimiento a quién lejos de nuestra identidad, de nuestras costumbres y valores tradicionales, supo abrazar hace ya cuarenta años la obra de Pereda para convertirse en uno de sus más destacados estudiosos. Pero antes de entrar en el pensamiento que quiero aportar con mi conferencia, deseo trasmitir otros agradecimientos. A Raquél Gutierrez Sebastián, que el otro día nos deleitó con su conferencia enarbolando la bandera de El Sabor de la Tierruca y reclamando que ha llegado la hora de reeditar una edición exclusiva de esta obra de tan sugestivo título. Raquel representa una nueva generación que con savia nueva y pasión renovada se alista por méritos propios en los estudios peredianos. Testimonio de agradecimiento a Benito Madariaga, cronista oficial de Santander, veterano investigador de la obra de don José María y uno de los más brillantes conocedores de la vida de nuestro escritor. Su libro biográfico sobre don José María de Pereda representa una aportación de gran valor para quienes aspiren a acercarse a la obra de nuestro escritor más representativo. Finalmente, mi agradecimiento público a Ediciones Tantín y a su responsable, José Luis Fernández Gándara, que sin apenas apoyos institucionales ha sido capaz de patrocinar la edición de las obras completas de Pereda, reconocimiento que hacemos aquí oficial y público, lo mismo que al empresario don Francisco Prieto López que, en un gesto de mecenazgo empresarial y cultural poco común, ha enriquecido el patrimonio del escritor con la entrega de una carta autógrafa de 1877 que ha pasado a formar parte del patrimonio municipal. He comentado al inicio de esta intervención que no se espere de mi un análisis profundo y riguroso de la obra perediana. Creo que esa labor, con más acierto y legitimidad, corresponde a todos los expertos en literatura costumbrista; a mi alcance solo está destacar una serie de valores de la obra de nuestro escritor que tienen mucho que ver con la identidad de nuestra tierra y la riqueza tradicional y costumbrista de nuestro pueblo, un análisis comprensible para mi auditorio y unas reflexiones sobre aspectos que estoy seguro compartirán todos ustedes por representar anhelos comunes. Veo, entiendo y abrazo la obra de Pereda como una bandera de prestigio y orgullo que podemos levantar los cántabros de hoy. Una obra universal; una obra al mismo tiempo de profundos contenidos localistas que debemos difundir por representar un signo de identidad de nuestra tierra y nuestro pueblo. Pero para quienes sentimos y amamos profundamente a esta comarca que tiene su eje en Torrelavega y de la que forma parte este histórico municipio, la obra de Pereda nos hace sentirnos especialmente protagonistas y orgullosos de haber nacido en este terruño. Me refiero a que en nuestro entorno geográfico se desarrolla en toda su plenitud la obra perediana, lo que nos permite afirmar, sin disputa posible, que somos la capital de la Montaña novelesca e incorporada por Pereda al concierto de las letras universales. Y ésto es así porque lo que el maestro de Polanco llamó "la Rinconeda de su pueblo" y que comprendía lo que es el partido judicial de Torrelavega, desde Anievas hasta Santillana del Mar y Suances, desde Molledo y Cieza hasta el pueblo de Barreda, en ese trozo de tierra cántabra están situados los escenarios de las más entrañables, aunque algunas no sean las más famosas novelas peredianas; aquellas que sentía de un modo más hondo su autor y las que escribió con más ilusión. Es decir, todo lo más representativo de la obra de Pereda y, por lo tanto, lo que ha quedado como arquetipo racial y geográfico de La Montaña, a excepción de las epopeyas del mar y de las obras "cumbres" como Sotileza, Peñas Arriba y Don Gonzalo González de la Gonzalera, todo lo que nuestro gran novelista consideraba más montañés y cántabro, tiene sus fundamentos en los pueblos y rincones de la comarca de Torrelavega. En ellos nacieron y vivían don Pedro Mortera y don Juan de Prezanes, Simón Cerojo, don Rodrigo Calderetas, don Valentín Gutierrez de la Pernía, "Marcones", amén de otros numerosos protagonistas. En el antiguo solar torrelaveguense que en el mapamundi perediano llama "Villavieja" los ve pasar a todos, en los días de mercado y de feria, por los soportales de su Plaza Mayor y, acoge a los hidalgos y a los indianos en su Casino, en sus reboticas y a los labrantines en los paradores y tabernas, mientras que las señoras y las zagalas revuelven los retales de las tiendas de los pasiegos. Esto es un poco de la obra de Pereda. El resto de lo que converge en la Rinconeda, es de sentimiento por el terruño natal, la defensa de nuestras tradiciones y costumbres, el amor a la aldea, la familia, la religión, las memorias de alegrías pasadas, los ecos melancólicos de placeres que fueron los juegos de la infancia, las severas lecciones de maestros nunca olvidados, los brotes de afecto, los juveniles sueños de amor, los nobles anhelos, las irrompibles amistades, los goces de familia. Todo, la vida de La Montaña y su paisaje, maravilla de la creación. En ese laboratorio de nostalgias como escribiera el gran escritor y poeta José del Río Sainz, se destilaron las esencias de la obra perediana y, entre ella, la novela que por su título es símbolo del montañesismo perediano: El Sabor de la Tierruca. Porque, en efecto, Pereda inventó el vocablo entrañable de "La Montaña", lo que nos da idea de como amaba a su patria chica. Con su pluma describió el pluralismo de la Cantabria de hoy compuesta por comarcas y tierras muy distintas unas de otras, no solo por su configuración física sino también por la condición y la naturaleza de sus gentes. En nada se parecen los pasiegos a los campurrianos; en nada o en muy poco los lebaniegos a los trasmeranos o, a los pescadores de la costa. Diferentes sus normas y condiciones de vida y trabajo; distintas sus tradiciones y floklore. Don José María de Pereda al poner en circulación el término La Tierruca exaltó el amor de cada montañés a los dos palmos de tierra sobre los que vive y bajo los que descansará después de muerto y, encontró ese título que define la obra perediana: "El Sabor de la Tierruca", que fue para Cantabria lo que la Mireya de Mistral para La Provenza; las novelas de Scott para Escocia o los cuentos de Guy de Mapasant para Normandía: la elevación del alma regional hasta entonces dormida o dispersa. Pero don José María de Pereda no fue una referencia exclusiva para nosotros, los cántabros, su pueblo. Don José María fue profundamente respetado, admirado y querido por el espíritu refrescante que su novela representaba contra el centralismo absorvente por los círculos culturales y literarios más representativos de la sociedad catalana. En 1992 escribí un artículo con el título "El viaje de Pereda a Cataluña, un siglo después", que no hace mucho, enriqueciéndole, le publiqué en Alerta. Como se sabe, Pereda viajó en 1892 a Cataluña para pronunciar en Barcelona su discurso de mantenedor de los juegos florales de la ciudad condal, como respuesta a las simpatías que había despertado en sectores literarios y políticos de Cataluña su obra "Nubes de Estío" en la que puso de manifiesto su fuerte reacción contra "el monopolio literario centralista", identificándose con los escritores catalanes hasta el punto de que un significativo catalanista definió los contenidos de la obra como "proyectil lanzado a la fortaleza del centralismo absorvente". Las crónicas de la prensa catalana recogen que el 8 de mayo se celebró la fiesta y cumpliendo los estatutos, el discurso de Pereda, traducido al catalán por Narciso Oller, fue leido por Cabot y Rovira. Versó sobre "El Regionalismo" y en su mensaje el escritor de Polanco se declaró ferviente amante de su Montaña, de su región nativa y de todo lo popular y característico de la "patria chica". Este viaje que comentamos de don José María de Pereda a Cataluña era el resultado de una simpatía entre los escritores catalanes y los montañeses encabezados por Pereda, uno de los máximos defensores de que sus colegas catalanes pudieran expresarse en su propia lengua, lo que ya había puesto de manifiesto en otro viaje anterior, en 1884, en cuya estancia estuvo rodeado de los escritores más importantes del movimiento literario "Renaixença" como Narciso Oller, Miquel y Badia, Mila y Fontanals y, muchos otros, que celebraron el apoyo de Pereda y su hostigamiento al centralismo madrileño que se percibiera, años más tarde, en su obra "Nubes de Estío". En el contexto de esos homenajes catalanes a Pereda, dejó el escritor de Polanco expresión de solidaridad y de identidad con los principios regionalistas al afirmar:
No fue, por tanto, una sorpresa que a nuestro escritor se le ofrecieran banquetes y homenajes en su estancia catalana, incluso la "Lliga de Catalunya" celebró una sesión pública en su honor, dejando en este acto un mensaje claro sobre cómo entendía el regionalismo:
Fue un viaje de éxito y reconocimientos en la que la pequeña tierra montañesa, a través de unos de sus hijos más ilustres, alentaba el derecho de una extensa y rica comunidad para que sus habitantes se expresaran en su propia lengua. Esta confesión de Pereda en su discurso de los Juegos Florales merece destacarse y evocarse:
Como el escritor don Benito Perez Galdós afirmó en la Real Academia Española de la Lengua en 1897, Pereda "ama con pasión exclusiva los valles melancólicos de su tierra y la capital cántabra, donde no hay piedra, ni ladrillo, ni alero, ni poste que no le hable, que no le mire, que no despierte en él sentimientos familiares, sonriendo con sus alegrías y llorando con sus penas". Y añade:
En este mismo discurso, Galdós reafirma ese espíritu literario de Pereda, que él admiraba, afirmando que "de tal modo se infiltra y compenetra el espíritu de Pereda en la región cántabra, que no hay forma ni manera de separarlo de ella". Solo desde esa compenetración, de esta profundísima identidad que ensalza el escritor canario, pudo llegar a manifestar tantos y fecundos sentimientos en pro de esta tierra nuestro insigne escritor. Ahora que he citado a don Benito Pérez Galdós, evocaré que en el diario Pueblo conté con un compañero, don Ángel Lázaro, muy entrado en años pero que, sin embargo, acudía a la redacción para llevar sus artículos a la página de opinión. A él le escuché en muchas ocasiones la importancia y el valor de las relaciones que mantuvieron Pereda y Galdós, dos españoles - uno montañés, el otro canario - que fueron vidas paralelas del siglo XIX y que supieron convivir a pesar de sus marcadas diferencias políticas y religiosas. Don José María y don Benito, amigos fraternales a lo largo de toda una vida, podrían ser hoy un espejo en el que mirarse el mundo actual, marginando toda incompatibilidad para abrirse a actitudes cordiales en una sociedad cuyos retos nos fuerza a entendernos y a actuar desde una cooperación positiva. En un artículo que publiqué en Alerta el 7 de julio de 1993, afirmaba que "los dos escritores eran el diálogo viviente y por eso necesitaban el uno del otro. Cuando Galdós llegaba a Santander y estaba Pereda esperándole en la estación, ya no le soltaba del brazo a través de un paisaje de mar y montaña que los dos han de reflejar en sus novelas". Y a la muerte de Pereda, escribe Galdós:
En el fondo estaba de acuerdo con el novelista de Sotileza, porque el autor de Fortunata y Jacinta no dejaba de ser, a su modo, un tradicionalista de la mejor tradición, que no es imitación sino prolongación de la historia, bien hundidas las raices del poderoso tronco en la tierra que las nutre. Tanto el montañés y cántabro como el canario tenían un idioma común que escribían con regusto, con fruición, asumiendo aquella definición de Unamuno "la sangre de mi espíritu es mi lengua". Hasta tal punto llegó la amistad de Pereda y Galdós que diferencias ideológicas profundas entre ellos no les distanciaban más de lo que les dictaba el corazón y la razón. "Y puesto que todo hay que decir - añade Galdós - diré que mi insigne amigo correspondía al cariño que yo le mostraba. Cuando presentaba yo en mis novelas de 1875 y 1876 casos de conciencia que no eran de su agrado y desdecían de sus ideas me reñía con sincero enojo. Sus acerbas críticas de algunas obras mías, que no necesito nombrar, juicios de gran serenidad, son la mejor prueba de la consistencia de sus doctrinas y del afecto que me mostraba, el cual ni por éstas ni por otras divergencias se ha enfriado en los años sucesivos". Esto escribía el escritor canario para reflejar la fuerza y la profundidad de la amistad con el escritor de Polanco. Y así, el católico y montañés a rajatabla don José María y, el liberal y canario don Benito, nos proyectaron un ejemplo de fraternidad cuando fueron tan opuestos y, sin embargo, tan unidos en vida y obra, lo que representa un ejemplo permanente de tolerancia. Llegado aquí, abordaré en esta última parte de mi conferencia el apartado referido a Pereda y el regionalismo. No podemos profundizar en este asunto sin tener en cuenta, primero, que nos referimos a ideas defendidas en el siglo XIX, cuando el Estado se proyectaba con una evidente fortaleza centralista y unitaria. En consecuencia, las opiniones expresadas por don José María sobre el regionalismo tienen un valor importante porque representan opiniones no compartidas o, más bien combatidas, desde los poderes públicos de la época ya que su literatura fue bandera de quienes defendían en circunstancias sumamente adversas la reivindicación de una España plural y regional. En esa dimensión regionalista de nuestro escritor de Polanco, yo les pregunto: ¿No significa la autonomía y el autogobierno de nuestros días el espíritu que se encierra en esa tan recordada frase de Pereda cuando le pide al Estado que se tome aquello que sea preciso o, lo que en estricta justicia le debemos de nuestra pobreza para levantar las cargas comunes de la Patria, pero que nos deje lo demás para hacer con ello lo que nos parezca, que se nos dejen nuestros bienes comunales, nuestras sabias ordenanzas, nuestras tradiciones y libres concejos?. En esta frase escrita en el siglo XIX se encierra un claro concepto de autonomía cuando nuestro escritor le dice al Estado que cada región colabore en las cargas comunes de la nación, pero que se deje a su gobierno, al criterio de su buen saber y entender todo lo demás. De sus novelas Pedro Sánchez (1883) y La Montálvez (1888) en las que pone de relieve sus acertados dardos contra el centralismo, expresa Pereda una concepción que se recoge en su expresión de "reacción saludable y patriótica contra un centralismo que dejaba a España exhausta y que a su vez era consecuencia de su debilidad". Como existieran voces contrarias a quienes alentaban como Pereda un sano regionalismo integrador, respetuoso y positivo con la patria grande, el escritor de Polanco expresó su indignación contra aquellos que tildaban de antipatriótico el localismo de los regionalistas, para sentenciar en su viaje a Cataluña:
Esta es la tesis de Peñas Arriba: el corrompido cuerpo nacional debe regenerarse gracias, no ya a la sangre de cada una de sus provincias, sino de esas modestísimas células vitales que son las aldeas. Es el regionalismo de Pereda el que se nutre del amor a la "patria chica" y a la "patria grande", en lo que no encuentra incompatibilidad sino cooperación. No le gusta el centralismo ni los que agitan esa bandera en oposición a quienes defendían aires regionalistas y esa condena la hace con motivo de los Juegos Florales de Barcelona al afirmar:
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El profesor Clarke en un reciente ciclo de conferencias organizado por la Obra Social y Cultural de Caja Cantabria - Entidad de la que, por cierto, Pereda fue consejero-fundador - con el sugestivo título de "Cántabros, ¿quienes somos?" afirma que en esta etapa de Pereda es cuando se produce una mezcla confusa de amor a la tierruca, amor al pueblo propio, regionalismo, odio al centralismo, amor a la naturaleza, defensa de lo propio, intereses creados tanto industriales como comerciales, etcétera, añadiendo que "las palabras que suelen usarse para evocar toda esta abigarrada mezcla de percepciones y emociones suelen ser "regionalismo" y "montañesismo", pero ni lo uno ni lo otro vale para abarcar todos los matices del fenómeno. En todo caso, existe una interpretación unánime de que es el montañesismo y el regionalismo, el canto a la Montaña y a Cantabria lo que crece y cobra fuerza en la obra perediana a medida que se va acercando a ese himno épico a La Montaña que es como define el profesor Clarke la obra de "Peñas Arriba". Don Pablo Beltrán de Heredia, en una pequeña Antología sobre la obra de Pereda y refiriéndose a sus sinceras y entusiásticas declaraciones de espíritu regionalista, afirma desde su rigor intelectual que "en letras de oro merecían haber quedado recordadas, lo mismo en Euskadi que en Cataluña, algunas de las valientes afirmaciones del novelista montañés", para añadir que "es muy posible, sin embargo, que nadie las recuerde hoy en aquellas regiones, ni siquiera a su autor". Tiene razón Beltrán de Heredia, aunque nos duela esa verdad. La indiferencia con que se ha tratado la figura de don José María cuando en circustancias adversas y aires centralistas defendía el regionalismo es, en parte, culpa nuestra por la dejacción en que se ha mantenido su legado, cuando, sin duda, hemos podido proyectar con fuerza y toda su vigencia su obra literaria, sobre todo no sólo por el triunfo de las regiones frente al Estado centralista, sino por lo que significa la paz bucólica de los pueblos frente al ajetreo, el nerviosismo y la tensión que producen las grandes urbes. Pero Beltrán de Heredia en su misma obra de 1991 escribió otra verdad incuestionable que por afectarnos nos sobrecoge un poco, al denunciar que "mucho me temo que algo parecido pueda estar ocurriendo, asimismo, en la actual Cantabria, cuya savia regionalista difícilmente podría encontrar más noble y legítima ascendencia cultural que la obra de don José María de Pereda, así como también por supuesto, la de Menéndez Pelayo". La contundencia de su reflexión acaba con estas palabras:
No hace falta que sea más expresivo, ni este es el foro adecuado. Solo me ceñiré a recordar que en 1995 en el Parlamento de Cantabria defendí una iniciativa para que se conemorara el centenario de la obra cumbre de Pereda "Peñas Arriba" y se fomentase en la escuela su lectura. Aún siento una irritación profunda, dificil de contener, cuando fue rechazada, lo que significó toda una barbaridad de unos ilustrísimos incultos que dejaron en entredicho al propio Parlamento, institución que en otras comunidades se destaca, precisamente, por unir esfuerzos y consensos en proyectar y honrar las mejores biografías de una comunidad. Me dispongo a terminar esta conferencia que he querido escribir a ras de tierra, consciente de que este auditorio, salvo excepciones, no ha tenido oportunidad de escuchar muchas veces referencias sobre nuestro insigne escritor, como si en su propia tierra se mantuviera secuestrada o ignorada su gran obra literaria. La mayor parte de la obra de Pereda se escribió en el siglo XIX. Estamos ya en el XXI y podemos decir que la obra perediana se reafirma en todos sus valores y que a todos nos corresponde trabajar por difundirla, trabajar por popularizarla, trabajar por sentir la misma pasión que Pereda sintió por el terruño natal, sus tradiciones y costumbres. Aquello que escribió Pereda en el siglo XIX se mantiene hoy vivo. El amor a la naturaleza, al lugar de nacimiento, a la tierra de los antepasados, la pasión, en suma, por lo nuestro. Pereda no podía vivir sin estar en su ambiente cántabro y montañés. Fue su gloriosa y amada enfermedad. Pero también en la obra de Pereda encontramos denuncias profundas de la sociedad de su tiempo, bien sobre la corrupción política ejercida por medio del amiguismo en la Administración o aquellas otras prácticas sospechosas realizadas desde el ejercicio de la gestión de los intereses públicos. En su obra "Gonzalo González de la Gonzalera", podemos leer:
O, las corrupciones económicas que describe en "Pedro Sánchez" sobre la que hay ejemplos actuales:
La denuncia contra los vicios de los partidos políticos queda igualmente expuesta en la obra de "Pedro Sánchez":
Esta otra frase recogida de El Sabor de la Tierruca me ha servido para apoyar, en ocasiones, algunos argumentos que he llevado a artículos periodísticos:
En la obra La Montálvez estas denuncias de Pereda se suceden y el mejor resúmen nos lo aporta don Benito Madariaga:
Aunque a Menéndez y Pelayo le gustó la parte idílica y romántica, otros críticos no dudaron en calificar esta obra de Pereda como escandalosa e inmoral hasta el punto de que no pocos puritanos de la época consultaron en el confesionario si podían leer o no La Montálvez. Consideramos, sin embargo, que Peñas Arriba y Sotileza son sus obras más destacadas. La primera, es un canto a la vida de los gentes de la montaña; la segunda, lo fue sobre los hombres de la mar. En ambas, Pereda extrae materiales de personas y cosas acumuladas prácticamente durante toda su vida, y al tiempo los tamiza en un mágico idilio, en el que las cumbres neblinosas, los valles, los riscos, las costumbres ofrecen un remanso de paz campesina, trazada por Pereda con el mayor de los afectos. Guardo como gratísimo recuerdo las vivencias de las que disfrutamos una veintena de personas, en agosto de 1995, con motivo del centenario de "Peñas Arriba" cuando acudimos al mismo escenario de la novela y "vivimos" con intensidad aquél momento. Aquella tarde, en el antiguo despacho del último señor de la Casona de Tudanca, los hijos de los hijos de aquellos tudancos que vieron a Pereda llegar a caballo al pueblo para conectar con la trama de su obra, nos hicieron sentir de cerca la huella y el aliento montañesista del escritor. Para el estudioso de Pereda, Hijo Adoptivo de Polanco por sus múltiples méritos, profesor Anthony H. Clarke, la obra Peñas Arriba representa el último canto e himno épico a La Montaña; representa la exteriorización del montañesismo, del regionalismo, del canto a Cantabria. En Peñas Arriba, Pereda "canta" la tierruca, si bien se trata de la alta montaña en lugar de sus pueblos y valles cerca de su natal Polanco y despliega en el texto de su novela casi todas las fuentes arqueológicas, prehistóricas, históricas, anticuarias, ensayísticas, etcétera, desfilando por sus páginas, sin ser nombrados, Assas, José Antonio del Río, Angel de los Ríos, Demetrio Duque y Merino, Amós de Escalante y aquellos que se ocuparon de determinados aspectos de Cantabria. El profesor Clarke entiende que lo que pretende Pereda con esta obra es la revitalización del cuerpo de España desde sus extremidades (las regiones y las aldeas) todavía "puras" e incorruptas. En definitiva, su mayor mérito como novelista radica en el encuentro con la realidad regional y española. En relación con la Generación del 68 su principal aportación consiste en el lenguaje; Pereda enriquece la novela realista dotándola no sólamente de rigurosas y casi naturalistas descripciones, sino de un diálogo hasta cierto punto nuevo. Pereda incorpora a su obra cuantas formas y expresiones dialectales de Cantabria le parecen necesarias para caracterizar a un personaje; sus diálogos resultan así más ricos, más convincentes en suma, en una época en la que se buscaba la verosimilitud realista y la recreación objetiva de la realidad. Pero sobre don José María de Pereda cayó la crítica implacable de los hombre de la Generación del 98, en general adversarios confesos de los novelistas de la Restauración. Unamuno, Baroja, Valle-Inclán o Azorín trataron con dureza las creaciones de Pereda, a las que consideraron ideológicamente trasnochadas y ligeramente envejecidas. Durante más o menos cuarenta años después de su muerte, la crítica se refirió a Pereda despectivamente, aunque algunos de los críticos como Azorín o Unamuno, con el paso del tiempo y el estudio más sosegado de la obra perediana cambiaron de opinión. A partir de los años sesenta comienza una nueva etapa en la crítica, ganando Pereda el respeto y la admiración de cuantos se ocupan de esos estudios. El daño que con este tipo de críticas se le hizo fue enorme, hasta el punto que sólamente en los últimos tiempos y de manera muy tímida, la crítica comienza a considerarlo como autor cumbre de la narrativa decimonónica, dado el valor de las descripciones, el sentimiento de la naturaleza, los aciertos lingüisticos y las descripciones de La Montaña y sus gentes. Salvando las diferencias de tiempo e, incluso, de género artístico, pensamos que no están muy lejos Pereda y Barton Fink, protagonista de la película del mismo título de los hermanos Joel y Ethan Coen que ganó una Palma de Oro en el festival de Cannes. Ambos, Pereda y Barton Fink son escritores empeñados en la tarea de llevar a la literatura el modo de vida de las gentes de su tiempo. Pereda a los vaqueros y pescadores de La Montaña. Barton a los pescadores y comerciantes de Nueva York. Pereda a fines del siglo XIX. Barton a fines del siglo XX. Pero uno y otro convencidos de que la literatura la puede hacer la misma "gente de a pie" que hace que el mundo no pierda su marcha. Esta coincidencia de intereses narrativos entre Barton Fink y Pereda, con más de cien años de diferencia, nos hace pensar en la universalidad e intemporalidad de los temas de Pereda, y creemos que viene a dar la razón a aquellos que contra viento y marea siguen en la tarea de intentar que se reconozca a nuestro escritor el lugar que le corresponde en la literatura. Como uno de los estudiosos de Pereda ha señalado - me refiero en esta ocasión al catedrático don Salvador García Castañeda - hay que agradecer al escritor de Polanco el haber recogido tantas costumbres de La Montaña, preservándolas así del olvido. Al estudiarlas hay que distinguir siempre entre el antes y el después de Pereda. Este describió el mundo que le rodeaba cuando los demás no lo hacían y sin su testimonio sería muy difícil estudiar hoy las costumbres de la Cantabria de hace dos siglos. Como escribiera Unamuno, "para conocer una patria, un pueblo, no basta conocer su alma, lo que dicen y hacen sus hombres; es menester también conocer su cuerpo, su suelo y su tierra.." y esto es lo que nos descubre Pereda. Ya termino. No se si llegado a este momento he dado respuesta al título de esta conferencia que me ofrecieron las autoridades de Polanco aquí presentes y a cuyo contenido pueden acceder en mi página web. En todo caso, el carácter montañés y cántabro hay que buscarlo en la intensa obra literaria de Pereda. En su letra y en su espíritu encontraremos un retrato de nuestros mayores en una realidad dura y austera, tanto en los pueblos de alta montaña como de la costa. Cantabria, nuestros antepasados, siempre han tenido ante sí y, al mismo tiempo, sufrido con paciencia y tenacidad, la dimensión de una vida dura, cruda y, a veces, despiadada para sobrevivir, comparable con la de otros pueblos del norte, por ejemplo, de Escocia o, de Galicia y el País Vasco en España. Pero frente a esas adversidades, el carácter montañés y cántabro ha sido siempre el de poner resistencia y no aceptar ser dominado por la dura realidad, siendo muchos los momentos y circustancias que revelan con nitidez este carácter típico de una gente y un pueblo. La raza pejina o la de los pasiegos, representan una estampa real de ese carácter, de la vida austera y, en ocasiones, cruel, así como el vencer esas adversidades desde la resistencia, en ocasiones épica. Desde estas reflexiones, mi homenaje a esos antepasados nuestros que se enfrentaron a esa realidad dura, austera y cruel de la vida que sorportaron y a la que hicieron frente desde una resistencia activa y, a veces, feroz. Dentro de apenas cinco años se celebrará el primer centenario de la muerte de nuestro insigne escritor. Unos años después se celebrará también la misma conmemoración sobre el gran sabio Menéndez y Pelayo. Reclamamos desde este pueblo natal del escritor, que con tiempo y grandeza se prepare este importante acontecimiento que no solo represente recobrar la fuerza literaria de su obra, sino prestigiar a nuestra tierra como cuna de uno de los más importantes escritores del XIX en España. Nombres insignes como los señalados y otros muchos que están en la memoria colectiva deben unirnos en la defensa de un patrimonio común. Un centenario que debe volcarse en la escuela cántabra para que, gestionada desde las instituciones de nuestro autogobierno, ningún joven cántabro llegue a la Universidad sin leer alguna de las obras tanto de los grandes de nuestras letras hispanas como de los también grandes creadores de las letras cántabras. Un compromiso que pasa por promocionar desde la lectura de las obras de Pereda un amor sano y positivo en favor de nuestra tierra natal. Sin reservas, ni maquillajes. Un sentimiento profundísimo, sin condiciones. Un amor para vivir, sentir, vibrar y hacer grande a nuestra tierra montañesa y cántabra. Como Pereda nos enseñó y dejó escrito. Amigos todos, señoras y señores: La obra de Pereda ha sufrido los efectos de uno de nuestros pecados como pueblo: infravalorar lo nuestro y a uno de los nuestros y, sin embargo, la obra del escritor de Polanco representa un gran patrimonio de nuestro pueblo. Un patrimonio rico que tenemos que sobredimensionar. Dicho de otra manera: una guerra, una revolución, un cataclismo pueden reducir a la nada los bienes materiales. Más, no se olvide, que siempre quedará un profesor de Birmigham, en Oslo o en Columbia que al escribir sobre las literaturas europeas, se familiarice con La Montaña y los nombres de Villavieja y de Cumbrales o, los personajes de don Marcelo y de don Juan de Prezanes. Con la obra de Pereda en nuestras escuelas, en nuestros hogares, en nuestras lecturas, el carácter cántabro no peligra sino que se ha fortalecido como heredero del costumbrismo montañés del último tercio del siglo XIX ya que gracias a Pereda, Menéndez y Pelayo, Amós de Escalante o Llano, "la savia regional cántabra ha florecido". Representan la herencia de como fueron nuestros antepasados que nos invita a desarrollar en todo momento y circustancia un amor limpio, honrado, tradicional y bello en favor de nuestra Cantabria, que no podemos permitir que se debilite o tergiverse. Todo un ejemplo en sentir y amar a la tierra natal. Es emotivo leer estas líneas de Pereda para el prólogo de un escritor de su tiempo:
Este es el sentimiento y el amor que todos debemos poner en favor de nuestro terruño natal. De nuestra Cantabria. Muchas gracias a todos por la atención que me han prestado, por su molestia en acercarse hasta aquí, a este bello pueblo natal de nuestro escritor, aún sabiendo que no venían a escuchar nada nuevo que no se sepa porque ya he dicho que eso queda en el saber y protagonismo de quienes de verdad están capacitados para analizar críticamente una obra literaria. De mi intervención sólo podían esperar mi amor, que es el vuestro, a la tierra de nuestros mayores y mi compromiso de seguir trabajando para que la semilla de nuestro escritor por excelencia que cantó a la tierra, prenda y fructifique en la conciencia de todos los cántabros. Sin reservas. Por nuestra identidad y las tradiciones que la enriquecen. Por amor a Cantabria, amor desde el que les confieso que me sentiré dichoso si esa llama profunda por el terruño natal comienza a anidar desde hoy en aquellos corazones que no sintieran con la misma fuerza y grandeza ese mismo orgullo de ser cántabros, herederos y continuadores de los montañeses. Señoras y señores, muchas gracias. |
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Texto de la conferencia
con el título "el carácter montañés y
cántabro en la obra de Pereda. Una visión desde el siglo
XXI", pronunciada en la biblioteca municipal de Polanco, dentro del
ciclo de conferencias organizado por el Excmo. Ayuntamiento. Viérnes,
27 de julio. 20,30 horas. | ||
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